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Las maderas duras y la naturaleza

Libidibia paraguariensis o guayacán: es un árbol majestuoso y sus frutas se usan en ornamentación. Fotos: Lidia Pérez de Molas.

Libidibia paraguariensis o guayacán: es un árbol majestuoso y sus frutas se usan en ornamentación. Fotos: Lidia Pérez de Molas.

Los bosques y los elementos comunes que tienen los bosques, los árboles, brindan servicios ecosistémicos como la absorción del dióxido de carbono, la captación e infiltración de agua, amortiguamiento a las condiciones climáticas, el mantenimiento de la biodiversidad y dar lugar a servicios consecuentes como la producción de alimentos (miel, frutas, por citar algo), medicinas (todas nuestras hierbas), o aspectos menos tangibles como la polinización, pero uno muy tangible es la provisión de materias primas como lo es la madera.

Y pensemos en la historia de la humanidad, utilizando las maderas para construir sus viviendas, para construir sus corrales asociados a la domesticación de los animales, y la utilización de las maderas para producir resinas, para producir esencias, para producir tanino.

Astronium urundeuva o urunde'ymi: es árbol que tiene una madera pesada. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Astronium urundeuva o urunde’ymi: es árbol que tiene una madera pesada. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Sólo cuando nos ponemos a pensar en toda esta riqueza que la naturaleza produce, y de cierta manera nos brinda la oportunidad de utilizarlas para nuestro beneficio y bienestar en general, es que nos empieza “a caer la ficha”. Lo importante es darnos cuenta que esos elementos no evolucionaron para que los usemos, evolucionaron por condiciones naturales que hicieron de alguna manera posible la existencia.

Y está en nosotros saber usarlo sustentablemente, es como cuando les decimos a nuestros niños que se coman todos los caramelos “de una”, que los “estiren” para poder disfrutarlos más. Y como todo, cuando comienza a ser escaso es que nos damos cuenta del valor de estos bienes y servicios naturales.

Tronco de Libidibia paraguariensis o Guayacán. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Las maderas duras que nos proveen los árboles y los bosques han sido y son claves en nuestra calidad de vida, pero usarlas para nuestro bienestar no debería restar o cercenar el rol que tienen estas maderas en el ambiente natural, por algo evolucionaron en sus ambientes.

La querida y respetada, Ing. Lidia Pérez de Molas, fiel contribuyente de mis artículos con excelente material ilustrativo me facilitó material que utiliza en sus clases. Allí pude aprender que además del Urunde’ymi, urundeimí, urunday (Astroninum urundeuva), del Palo Santo (Gonoptero dendronsarmientoi), del Quebracho colorado chaqueño (Schinopsis balansae), del Coronillo o Quebracho colorado santiagueño (Schinopsis lorentzii), del Guayacán negro, guayacán, yvyra vera (Libidibia paraguariensis), existen muchas maderas duras o muy duras en nuestros árboles nativos, e inclusive otras maderas de características más blandas que superan las 70 especies, algo sorprendente para mí ya que no contaba con más de diez especies de madera dura.

Árbol de Gonopterodendron sarmientoi o Palo Santo. Foto: Lidia Pérez de Molas.

La riqueza de características en estas más de 70 especies de maderas paraguayas es increíble, en términos del veteado, en términos del perfume u olor que tienen, su textura, su sabor, y ni qué decir con el color y brillo de su madera. Ahora, les invito a mirar más la madera de las construcciones, los postes y horcones, las puertas, los marcos y hasta las construcciones que están a la intemperie porque no todas las maderas aguantan la humedad del ambiente y sólo algunas pueden permanecer en el agua.

Recuerdo haber visto árboles de muchas décadas caídos en las aguas del Jejui-mi en Mbaracayú, o estos puentes de madera cuya madera permanece intacta a través de los años. Sorprende el hablar con algunos baqueanos y conocedores rurales que prefieren ciertas maderas duras ya que “no hay bicho que le entre”, haciendo referencia a que algunos insectos no la afectan.

Alambrado con troncos de Schinopsis balansae o Quebracho colorado. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Sin embargo, esta riqueza de maduras duras y muy duras, cada vez es más escasa, los grandes árboles ya casi no existen, no sólo como elementos del paisaje que han sido extirpados, sino que también hemos eliminado los grandes árboles semilleros que tendrían la posibilidad de ayudarnos a repoblar los ambientes; en muchos casos, los bancos de semillas son las únicas instancias que nos permitirán, quizás, algún día poder repoblar los ambientes con estos árboles nativos.

Esta conservación de las semillas en diferentes bancos se la conoce como estrategia de conservación “ex situ (fuera de su lugar)” y requiere de compromiso a largo plazo y de recursos humanos, logísticos y financieros para su mantenimiento. Y quedan en los recuerdos de muchos, quizás de los adultos mayores, los durmientes de los ferrocarriles no sólo paraguayos sino todo Sudamérica, hechos de quebracho, o el tanino que ha servido para la curtiembre de cueros, que también proviene del quebracho, o las fuertes construcciones y puentes de urunde’y o de tajy o lapacho.

Árbol de Schinopsis lorentzii o Coronillo. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Quién pudiese abrazar una peroba o yvyraromi, o un incienso colorado, o un quebracho blanco y sentir en nuestro interior todos esos añejos anillos de crecimiento, que demuestran años difíciles de sequía o inundación en los que el crecimiento no pudo alcanzar su máximo. Quién pudiese cuantificar la vida que se pierde al talar esos añosos árboles que formando parte de un sistema ecológico como es un bosque, se remueven legalmente para dar lugar a sistemas productivos más intensivos, cuánta vida se va con el árbol, no solo su madera ya madura o en crecimiento, sino la cantidad de fauna y flora, solo pensar en algunos insectos, orquídeas, bromelias, helechos y otras formas de vida asociadas a esos gigantes duros que se erigen rectos y frondosos, albergando una vida allá en las alturas, en sus copias, que prácticamente desconocemos.

Teonco de Schinopsis lorentzii o Coronillo. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Hoy ya no vemos grandes árboles y con ellos se ha ido gran parte del capital natural del Paraguay que no podrá ser reemplazado por plantaciones, en su mayoría de especies foráneas o exóticas, pero aún si fuesen autóctonas o nativas, difícilmente podrán restaurar la biodiversidad funcional y todos los servicios y productos que solían darnos oportunidad de usufructuar a título gratuito.

Y luego de muchas lecturas y muchas noches de insomnio, tratando de entender porqué somos así los humanos, o algunos humanos, parece ser que la ética es una victoria a una batalla en un proceso despiadado en el que hemos evolucionado que es muy cruel y hasta ingobernable. Parece que acarreamos una fuerza interna destructiva que no nos deja ver cómo afectamos nuestra propia supervivencia como especie, hasta un punto en el cual ya no hay retorno y haremos algo para tratar de mitigar el daño, pero que en definitiva aceptamos moral y éticamente que no nos queda otra que adaptarnos. Las maderas duras ya casi inexistentes en nuestro Paraguay, son un ejemplo de ello.

Tronco de Astronium urundeuva o Urunde´ymi. Foto: Lidia Pérez de Molas.

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