Escribe: Elvio Venega Amarilla
Abogado y Comunicador institucional
El Mariscal Francisco Solano López había muerto. Arrinconado y aferrado a su espada, luego de recibir una herida en el vientre y de rechazar la propuesta de rendición del general Cámara, tras ser rematado de un tiro en la espalda, había dado el paso hacia la inmortalidad. Cerro Corá fue el lugar elegido como pedestal hacia el olimpo. Un sitio cuyo nombre resonaría por toda la eternidad como el altar mayor y sagrado de las glorias paraguayas, donde la patria encuentra justificación a su entrega y es emblema del máximo heroísmo por el suelo amado.
Con los restos de su ejército, allí López prefirió la muerte a la vergonzosa claudicación. Tras sucesivas derrotas y humillaciones, llegaba a su martirio. Con su muerte, su nombre se hizo grande, “porque su patria era grande”, y la patria aún fue más grande porque, a pesar de la población diezmada, los escombros y las ruinas dejadas por los aliados luego de años de crueles sacrificios, supo abrirse camino y resurgir de sus cenizas.El 1° de marzo de 1870 tuvo lugar en el Paraguay la última y la más desigual resistencia de las fuerzas contra la Triple Alianza: la Batalla de Cerro Corá. Allí, Francisco Solano López Carrillo, Mariscal del Ejército paraguayo, enfrentó con 400 hombres, aquejados por el hambre y las enfermedades, a más de 4.500 soldados brasileros bien armados bajo las órdenes del general José Antonio Correia Da Cámara.
La guerra de la Triple Alianza no solo fue una lucha larga y penosa, sino también un conflicto crucial para los destinos del Paraguay. Nueve días después de aquel 1 de marzo, el diario de Buenos Aires The Standard and the River Plate News, impreso en inglés, al referirse a la muerte del Mariscal, concluía que el triunfo fue tan alto “que en cierta medida roba a la victoria su gloria y a la derrota su humillación”. Francisco Doratioto, en su libro Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay, afirma que aquella conflagración fue el conflicto externo con mayor impacto sobre los aspectos políticos, económicos y demográficos de los países participantes.
Los historiadores siguen especulando sobre los motivos que impulsaron a López a emprender la guerra de la Triple Alianza, sostiene el escritor norteamericano Harris Gaylord Warren. Muchos coinciden que no faltaron los motivos para el enfrentamiento. La tesis más sólida es que López estaba convencido de la necesidad del mantenimiento del equilibrio político en el Río de la Plata frente a las intenciones de Argentina y de Brasil sobre el Uruguay.Otro argumento esgrimido como razón de la guerra parecen ser los aspectos internacionales del gobierno de López. Explica la historiadora María Lucrecia Johansson, en su libro La gran máquina de publicidad. Redes transnacionales e intercambios periodísticos de la guerra de la Triple alianza (1864-1870), que las primeras historiografías de la guerra consideraron que el enfrentamiento había sido originado por la “agresiva política exterior” del presidente paraguayo, a quien hacían responsable tanto del estallido como de la larga duración del conflicto. Por su lado, Liliana M. Brezzo, historiadora argentina, sostiene que “las trayectorias interpretativas del conflicto en los cuatro países beligerantes han sido tumultuosas; en particular, el estudio acerca de cómo en el Paraguay se procesó la memoria de la guerra, aparece hasta el presente, como una cuestión controversial”.
Pero más allá de las razones o motivos de la guerra, la figura del Mariscal López, a lo largo de los años, ha generado encendidas discusiones sobre su heroísmo o su villanía. Los que defienden a López exponen argumentos que lo ubican como “héroe máximo de la nación”, un hombre que amó y defendió a su patria hasta la muerte. Por el contrario, sus detractores le imputan la responsabilidad de llevar al Paraguay al casi total exterminio.
En torno a estas posiciones, siguen abiertos los debates con visiones históricas de “lopistas y antilopistas”, de nacionalismos y antinacionalismos, enfoques que encontraron su germen intelectual en 1902, año en que se inició la memorable polémica entre dos personalidades ilustres de la vida nacional: Cecilio Báez y Juan E. O'Leary.
El centro de la discusión fue la figura del Mariscal Francisco Solano López, quien, a poco de culminar la guerra, el 17 de agosto de 1869, decreto mediante, había sido declarado “fuera de la ley”. Dicho decreto posteriormente fue ratificado por una ley en 1871, cuando todavía las fuerzas de la alianza mantenían la ocupación de nuestro territorio, que se extendería hasta 1876. Los antilopistas critican duramente la figura del héroe. Sostienen, entre otros argumentos, que López fue muy prepotente, salvaje y orgulloso. Los que respaldan la figura del Mariscal, expresan que fue un gran símbolo del patriotismo y de la soberanía nacional.
Controversial o no, nadie podrá negar la egregia estampa de Francisco Solano López. Julio César Chaves, reconocido historiador paraguayo, afirma que “Cerro Corrá fue el Gólgota del Mariscal y de los restos de su ejército que, huyendo en caravana habían alcanzado aquella cima el 14 de febrero de 1870". Agrega que, “el Mariscal López al llegar hasta allí, había alcanzado por fin la cumbre de su calvario”, después de haber “disputado al invasor”, desde Itapirú “hasta el remoto linde de la patria”, cada palmo de la tierra paraguaya. Sostiene que solo le faltaba “cumplir el solemne juramento empeñado después del 24 de mayo de 1866 y renovado en Lomas Valentinas, de morir con sus últimos soldados sobre su último campo de batalla”.“Calurosa y húmeda amaneció aquella jornada del 1° de marzo de 1870”, relata por su lado Arturo Bray. En su libro Solano López Soldado de la gloria y el infortunio, detalla los hechos en torno a la muerte del Mariscal. “Lo que resta del ejército -cuatrocientos hombres o más- son unos pobres seres esqueléticos, ahilados por el hambre, las fatigas y el infortunio, abrasados por la fiebre o comidos por las llagas”. Cuenta en otro momento que “... aparecieron los brasileños con el general Cámara al frente. “Ríndase, Mariscal”, intima el jefe brasileño desde respetable distancia al hombre herido, moribundo, bañado en sangre viscosa y húmeda, impotente, desfallecido, medio ahogado. Contesta el Mariscal Presidente con aquella frase inmortal que por los siglos de los siglos resonará en el alma de todos los paraguayos: “MUERO CON MI PATRIA”, al par que ensaya simbólica estocada con la punta de la fina hoja dirigida al corazón del adversario. (...) (Correa da Cámara) vuelve a ordenar que desarmen a Solano López. Un charolado y morrudo adalid de la libertad forcejea con el Mariscal para arrancar de sus manos desfallecidas el acero desnudo. En eso, suena un tiro de Manlicher -no se sabe disparado por quién- y la bala va derecho al corazón de Solano López. Un espumarajo de sangre tiñe de rojo carmesí las terrosas aguas del Aquidabán Nigui. La guerra de la Triple Alianza ha terminado...”.
Allí cerca estaba, entre otros leales, el vicepresidente Sánchez, su compañera de toda la vida, Elisa Alicia Lynch y su hijo, el coronel Francisco (Panchito) López, quien a la intimación de entrega afirmó rotundo que “¡Un coronel paraguayo no se rinde!” y siguió peleando hasta que una bala le atravesó el corazón.
Al cumplirse en la fecha, 152 años de la muerte del Mariscal Francisco Solano López, y con ella el fin de la gran hecatombe paraguaya que significó la contienda bélica que enfrentó al Paraguay contra Brasil, Argentina y Uruguay, en la Guerra de la Triple Alianza, es bueno evocar la memoria de nuestro héroe máximo.
La guerra le costó a la República del Paraguay la pérdida de gran parte de su población. Las industrias en curso fueron destruidas y el ejército desmantelado. La economía fue en retroceso y la educación quedó estancada por mucho tiempo. La pérdida de territorio fue significativa. Finalmente, el fin de la guerra fue el inicio de un largo y doloroso proceso de reconstrucción.