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Opinión

La tiranía del lenguaje en lo políticamente correcto: el Newspeak

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George Orwell en su novela distópica 1984 establece al lenguaje como una forma de control social. El Newspeak o la nueva forma de hablar es el lenguaje oficial gubernamental aprobado y autorizado. El Newspeak no solo tiene su propio léxico, sino que su diccionario es la única autoridad en la lengua y su lenguaje es el único autorizado. Ciertamente, en el mismo, aparecen algunos neologismos o vocablos nuevos, pero la característica esencial de este diccionario es que el mismo se va encogiendo cada vez más, ya que más y más palabras son censuradas.

Para Orwell, al limitarse el número de palabras se limitaba también correspondientemente el número de pensamientos; pensamientos que podían ser usados en contra del establishment. Dice Orwell: “Todo el propósito del Newspeak es el de limitar la amplitud de pensamiento. Al final haremos que los crímenes del pensamiento sean literalmente imposibles, ya que no habrá palabras con las que expresar dichos pensamientos”.

Si bien para Wittgenstein los límites del lenguaje eran también los límites del mundo, más adelante el mismo Wittgenstein rechazaría esa idea como absoluta; sin embargo, la idea sigue teniendo una influencia fundamental en la relación lenguaje-pensamiento. Así, la palabra es pensamiento, aunque nosotros sabemos que no todo pensamiento se formula en términos del lenguaje, como es a veces el caso de los sueños o de ideas que tenemos pero que no podemos expresarlas en palabras.

El determinismo lingüístico de E. Sapir y de Whorf sostiene la idea de que el lenguaje determina el pensamiento. Bajo esta perspectiva lingüístico-antropológica, las culturas quedarían determinadas por el lenguaje, lo cual efectivamente ocurre, pero no en forma absoluta.

Lévi-Strauss

Para Claude Lévi-Strauss el lenguaje era social y el mismo se negociaba implícitamente. Recuerdo que esta fue una de las primeras discusiones que tuve con el maestro, pues para mí el lenguaje no era precisamente una formulación social, sino que ya estaba intrínsicamente en el ser humano: “Y puso Adán nombre a todos los animales…” (Génesis 2: 20).

Steven Pinker, en su The Language Instinct (1994) sostiene que el lenguaje es algo instintivo. Se puede extirpar del lenguaje ciertas palabras, pero igual la mente se las ingeniará de entender el concepto. Si prohibimos la palabra libertad, para la próxima generación que no haya escuchado tal palabra igual seguirá el concepto, o sea el pensamiento de libertad y la capacidad de entender conceptualmente lo que es libertad; con el tiempo, lo más probable es que naturalmente se cree otra palabra.

De hecho, ¿alguna vez se han puesto a pensar cómo se dice “libertad” en guaraní? Definitivamente no es un vocablo que se utiliza con frecuencia en el discurso guaraní. Algunos lo traducen como tekosâso o como osevéma o sencillamente como ‘liverta’. No es que el guaraní primitivo no tuviera libertad por falta de una palabra o no pudiera entender dicho concepto por falta de un término que lo exprese; justamente, quizás haya ocurrido todo lo contrario. Quizás por haber sido tan libre y solo conocer esa realidad no le hizo falta expresar lo obvio y común. Estaba el esclavo, que tenía una condición de ‘servus’ salvado, y el libre era todo aquel que no era esclavo.

También es innegable esta realidad en las traducciones y especialmente para los políglotas, es clara la realidad contra la teoría de la traducción radical ya que hay palabras únicas en una lengua (aunque el concepto pueda ser entendido para quienes no hablen esa lengua.

Pero la narrativa tiene un poder indiscutible dentro de la construcción cognitiva. Después de todo la fe viene por el oír. Tanto las palabras como la narrativa no solo pueden sugestionar, sino que incluso puede ir más allá de simplemente moldear la forma de pensar y condicionar la conducta.

El control de las palabras y la narrativa puede ejercer un control social fundamental desde el mismo proceso del conocimiento en un sentido epistemológico. De ahí parte el libro de Miranda Fricker, Epistemic Injustice (2007). La obra identifica dos tipos de injusticia epistémica en la adquisición social de conocimiento: la testimonial y la hermenéutica. La injusticia testimonial guarda mayor relación con los prejuicios que elevan los parámetros probatorios de unos sobre otros; es decir, a unos creemos menos que a otros. La injusticia hermenéutica guarda más relación con las herramientas de la interpretación, o con la censura de ellas; sin dichas herramientas básicamente se niega el control sobre la interpretación. Con la censura de las palabras se da en parte seguimiento a este proceso, ya que no se habla de lo que no se puede definir o de lo inefable.

El comediante George Carlin, ya hace décadas, denunciaba el absurdo del lenguaje políticamente correcto. La buena comedia es sin duda una forma humorística de tomar una radiología de alta resolución de la realidad social. Para Carlin el lenguaje políticamente correcto no es más que opresión pretendiendo ser buena educación.

Lo políticamente correcto se convierte así en la nueva forma de intolerancia. Se omite usar palabras como ‘inválido’, ‘feo’ o ‘estúpido’ (obviamente, él no conocía Twitter). Hoy, dice Carlin, ya no usan la palabra inválido, a la que han sobrecargado de vergüenza. A los inválidos se los llama ahora ‘personas con un desafío físico’, con la idea de hacerlos sentir mejor.

No hay que decir enano o petiso, se debe decir ‘persona de corta estatura’; el sordo se ha convertido en alguien a quien ‘le cuesta oír’; el retardado es hoy alguien con una ‘dificultad intelectual severa’; los defectos de nacimiento son problemas congénitos; el loco y el sicópata son ahora personas con una enfermedad mental o desorden psiquiátrico. Al final, lo que antes era claro, hoy parece que es parte de todos nosotros, pues quién no tiene en algún momento un desafío físico o alguna que otra enfermedad mental.

En la Biblia

En la misma Biblia está escrito: “Jesús sanó a los inválidos, ciegos y paralíticos”. No dice que Jesús intentó hacer que se sientan mejor usando eufemismos sin sentidos para evitar nombrar problemas que eran totalmente honorables. Jesús no tomó una estrategia rehabilitadora para mejorar la condición de quienes tenían una desventaja física; simplemente, Jesús sanó al paralítico y al ciego.

¿Por qué tenemos tanto miedo a lo defectuoso? Por qué la necesidad de alienarlos con la excusa de “incluirlos” o hacerlos más ‘aceptables’ maquillando al lenguaje. Después están los ‘feos’ que no cumplen con los estándares comunes de ser atractivos. Algunos psicólogos se refieren a los feos como aquellos con una ‘severa deficiencia de apariencia’. Más que ayudarlos a aceptar su condición y superarla, lo que hacen es perpetuar la negación de la realidad. Hoy tampoco es cortés referirse a una embarazada como una madre expectante, pues puede ofender a los transexuales.

Todo esto es muy estúpido, que es la otra palabra que menciona Carlin que está ya censurada; sin embargo, la estupidez nos rodea por todas partes. Crecen los niños con ‘necesidades especiales’ y se los sobreprotege hasta que cumplen 18 años y luego se vuelven una carga para toda la sociedad, y muchos de estos ‘mínimamente excepcionales’ incluso llegan a ocupar altos cargos políticos. ¿Qué pasó con eso de poder decir el chico es ‘lento’? Pero no, hoy son ‘mínimamente excepcionales’; en otras palabras, algunos son mínimamente excepcionales mientras que todos son excepcionales (lo cual tampoco tiene sentido pues así ya no hay excepción en la excepcionalidad).

Pero el verdadero drama en todo esto se encuentra en la tragedia que ocasiona. Al embellecer y minimizar los problemas lo que se consigue es que la mayoría de la gente también deje de mirar la realidad y así, al inválido se lo ha convertido en héroe, y al loco y al estúpido en gente normal. En consecuencia, ninguno de ellos recibe la ayuda que necesitan y en el caso de los dos últimos, llegan incluso a tener algún galardón público en altos cargos del Estado. Silenciar no puede resolver un problema que va más allá del problema del discurso.

Forzar la agenda para que se sientan más incluidos

Hace poco, Joe Biden celebró haber nombrado al primer ministro abiertamente gay de su gabinete; sin embargo, fue Trump el primero en nombrar en su gabinete a una persona abiertamente gay, pero muy pocos lo saben, porque justamente a Trump le pareció algo muy normal de lo que no habría que tener ni vergüenza ni orgullo.

También hace unos días, en Paraguay, la Comadre se volvió viral cuando puso en su lugar a unos periodistas ‘progres’ que intentaban, al parecer, hacer que la Comadre se sienta ‘especial’ y no como un bicho raro, pero pretendían justamente mostrar a la Comadre como una cosa rara que hasta tenía una vida normal con una familia y todo. ¡Qué manera más absurda de ser inclusivos!

Obviamente, los ‘progres’ sacaron luego un comunicado explicando la situación, que en elevadas síntesis no se resume en una falta de tacto y consideración de parte de ellos, sino que al final todo fue culpa de la Comadre.

Todo es feminicidio

Se ha implantado también últimamente la vulgarización del feminicidio. El homicidio es cuando se mata a un ser humano, el uxoricidio es cuando se asesina a la pareja y el feminicidio es cuando se mata a una mujer “por ser mujer”. La mayoría de los casos que se conocen hoy día, son casos de uxoricidio, donde se asesina a la pareja, y esto constituye un “crimen pasional”. En cambio, el feminicidio, que es matar a una mujer por el simple hecho de ser mujer, lo cual es un “crimen de odio”.

Así, nuevamente volvemos a lo mismo que decía Carlin, cuando evitamos la realidad corremos el riesgo de distorsionar tanto el problema. Con el falso diagnóstico se pierde también el tratamiento correcto. La violencia no tiene género, se debe atacar a la violencia doméstica sin volver objetos a los sujetos. Por lo general, en la dinámica doméstica se da una relación entre ‘dependiente y codependiente’. En síntesis, abordar el problema doméstico sería muy diferente a abordar un crimen de odio.

Babel

Cuando Dios vio la sedición de los seres humanos, que intentaban hacer una torre para llegar al cielo, les confundió el lenguaje, y de ahí Babel, que significa ‘confusión’ (Génesis 11: 1 – 9). Hoy día, las nuevas políticas del lenguaje intentan hacer lo mismo, trayendo más confusión y con ello separación.

Vienen predicando el odio con palabras de amor; pregonando diversidad con una política de uniformidad; hablan de integración pero no logran más que dividir y segregar aún más a la gente. Se autodeclaran apóstoles de la tolerancia cuando en realidad son los más intolerantes.

El mundo puede ser un espacio cruel, pero también es un espacio donde sobreabunda la compasión, y como prueba de ello, aún no nos hemos aniquilado como humanidad y en nuestra constante histórica las guerras absolutas, de todos contra todos, son las excepciones.

Es verdad que venimos avanzando bastante como humanidad en materia de derechos humanos; pero los avances se deben mucho más a un desarrollo natural de adaptación que a la imposición de leyes y penas. Si fuera solo por las leyes y los castigos, las cárceles en los Estados Unidos estarían vacías. No fue sino cuando empezaron tratando de imponer nuevos absurdos cuando se vino a descomponer todo de nuevo.

En Paraguay hay ministerios para todo, pero soluciones para nada. Hoy, hasta la ONU ha hecho política propia el implementar una agenda moral mundial.

Paul Bloom, profesor de psicología de la Universidad de Yale, explica que el fenómeno de la compasión tiene mucho que ver con el desarrollo neurológico según confirman estudios hechos con bebés; así también, la dinámica entre las parejas sexuales se debe mucho más a fenómenos que pueden ser explicados por la psicología evolutiva, y las teorías de la excitación y el apego, más que a las leyes y las costumbres. “A la naturaleza se la domina obedeciéndola”, como reza la máxima.

Aquí es donde acierta Lévi-Strauss, ya que el lenguaje termina siendo una negociación, donde no siempre se impone el lenguaje del más “fuerte”. ¿Quién acaso no ha terminado adoptando cierto lenguaje de bebé al tratar con ellos? El caso del guaraní es otro ejemplo, donde el conquistador europeo terminó hablando también guaraní. Durante la tiranía de los liberales en Paraguay, quisieron eliminar al guaraní, así como Franco quiso eliminar las lenguas autóctonas de España. El resultado es claro y constante tanto aquí como allá.

El lenguaje humano sirve para comunicar, pero esencialmente sirve para no-comunicar. El peligro con enmascarar el lenguaje es huir de la realidad. Para cambiar verdaderamente las cosas, no solo superficialmente, necesitamos no solo ser conscientes de nuestra realidad, sino también ser capaces de aceptar nuestras limitaciones. De no hacerlo, corremos el riesgo de acentuar aún más el problema que en un principio tratamos de ocultar.

Sin libertad de lenguaje no hay libertad de expresión.

 

“La guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es fortaleza”. – Ministerio de la Verdad.

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