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Opinión

El sepulcro vacío

“El primer día de la semana fue María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra estaba retirada del sepulcro. Echó a correr y llegó donde Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús quería, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Al asomarse, vio los lienzos en el suelo; pero no entró.

Detrás llegó también Simón Pedro. Entró en el sepulcro y vio los lienzos en el suelo; pero el sudario que había cubierto su cabeza no estaba junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos, entonces, volvieron a casa”.

[Evangelio según san Juan (Jn 20,1-10); Solemnidad de la resurrección del Señor]

Según la tradición común, el descubrimiento del sepulcro abierto y vacío tuvo lugar, no “el tercer día”, en el que sitúan el acontecimiento de la resurrección las formulas kerigmáticas (como 1ª Cor 15,4), sino a los dos días de la crucifixión, es decir, al día siguiente del sábado, fecha que para los cristianos corresponde al domingo, el día de su asamblea litúrgica.

En el contexto pascual, la expresión “primer día” sugiere que ha comenzado un tiempo nuevo para el mundo (cf. 2 Cor 5,17). Juan modifica la indicación sinóptica sobre la hora: no “después de salir el sol” (Mc 16,2), ni “al amanecer” (Lc 24,1), sino cuando no había acabado todavía la noche, o sea, entre las 3 y las 6; el griego emplea aquí la palabra skotía (“las tinieblas”), típica del lenguaje joánico.

María de Magdala, mencionada en Jn 19,25 entre las mujeres al pie de la cruz, está sola. Al no hablar de las otras mujeres que según los sinópticos la acompañaban, Juan prepara el encuentro personal de María con Jesús. No se indica nada sobre el motivo de la visita de María al sepulcro: ni la intención de ungir el cadáver (como en Marcos y Lucas) – ya que el sepelio se había hecho según las normas – ni la de una lamentación ritual (Mateo) -; la continuación del relato muestra que se trataba simplemente de un impulso del corazón. A la piedra “quitada”, María, sin entrar siquiera en el sepulcro, corre a avisar a los discípulos.

Al no haber oído nada, María no tiene ningún mensaje que trasmitir, sigue con todo realismo una lógica perfectamente humana y deduce, al ver abierto el sepulcro, que se han llevado el cadáver. De hecho corre a Pedro, el jefe de los Doce, y también al Discípulo “amado”, precisión que revela la mano de Juan, deseoso de situar a este personaje al lado de Pedro en las situaciones importantes. María no les dice que han quitado la piedra ni el “cuerpo”, sino que se han llevado al “Señor”. Aquí podría percibirse la ironía de Juan: el lector sabe que, igual que no ha sido quitada la piedra del sepulcro, tampoco el “Señor” ha sido quitado por manos de hombre. En todo caso, las palabras de María muestran su afecto por aquél a quien ha visto morir, pero también su desconcierto. Las tinieblasen que se encuentra, lo mismo que los discípulos, se sugieren en la indicación inicial: “Cuando todavía estaba oscuro”.

El narrador indica que los dos discípulos, Pedro y el discípulo amado, fueron de priesa, corrieron hasta llegar al sepulcro (como ya había hecho María: Jn 20,2): señal de su afecto por Jesús. La impronta de Juan se muestra cuando indica que el otro discípulo corrió más a prisa (cf. Jn 20,4) que Pedro, al que deja, sin embargo, que entre primero en el sepulcro. Al final, el discípulo amado “cree”: el vacío y la disposición de los lienzos se han convertido para él en un signo, mientras que no se dice nada de Pedro.

El contraste entre ambos discípulos se resolverá en el capítulo 21, donde se precisa sus respectivos papeles. Aquí, en virtud de su unión profunda con Jesús, el “discípulo amado” reconoce el misterio de su presencia a través de su ausencia. Después de esto, el peregrino del santo sepulcro en Jerusalén comprende mejor el sentido de la inscripción grabada en el sepulcro: ¡Non est hic! (“¡No está aquí!”): así se prolonga hasta el infinito la búsqueda de Jesús, el Viviente.

El discípulo que había llegado primero al sepulcro se abstiene de entrar en él de momento, quizás por respeto a Pedro, pero escudriña lo que puede verse desde fuera. Cuando entra Pedro, su atención se dirige a los lienzos que habían quedado allí y que aparecen bien ordenados. De esta manera se da una respuesta a la inquietud que había suscitado María de Magdala: no habían robado el cadáver. Los “lienzos” (othónia) designan el conjunto de piezas de tela utilizadas para la sepultura. Se dice de estos lienzos que estaban keimena, del verbo keîmai, que significa, tratándose de personas, “yacer, estar acostado”, y tratándose de objetos, “estar colocado (en tal lugar)”, “estar allí”: “estar colocados allí”.

La palabra soudarium designaba un pedazo de tela que servía, como indica la etimología de la palabra, para enjugar el sudor, es decir, una especie de pañuelo o toalla. Su empleo en un contexto funerario sólo aparece en el evangelio de san Juan; pero es sabido que en el amortajamiento de los judíos la costumbre exigía que se le cubriera la cabeza del cadáver. Lo que importa es que los lienzos funerarios no sólo quedaron en el sepulcro, sino que estaban debidamente ordenados, lo que elimina la hipótesis de un rapto o de un traslado del cadáver. Pedro se encuentra, pues, ante un enigma.

El evangelista propone al mismo tiempo un sentido acorde con su fe: abandonados definitivamente, los lienzos funerarios que “ataban” (Jn 19,40) el cuerpo del Crucificado significan que Cristo ha quedado desatado de las ataduras de la muerte, como anunciaban los salmistas en sus cantos de acción de gracias. El soudarium enrollado y colocado aparte no oculta ya el rostro glorioso de Cristo.

El narrador no dice ni una palabra sobre la reacción de Pedro, pero sí de la del otro discípulo, del que se había indicado que había llegado antes que Pedro. “Vio y creyó”: esta formulación es aún más fuerte si se piensa que une los dos verbos sin explicitar el complemente objetivo de los mismos. ¿Qué es lo que vio, pues el “discípulo amado”? Desde luego, no al Resucitado; en este punto, su situación es como la del creyente, de quien se afirma que es feliz por haber creído sin haber visto (Jn 20,29).

El creyente no dispone más que del testimonio de los primeros discípulos. El discípulo cree al ver los indicios que quedaban en el sepulcro. Incluso antes de su contacto con el Resucitado, fue capaz de franquear el abismo: en ausencia del cuerpo, los lienzos funerarios colocados tuvieron para él valor de signo. Su disposición ordenada desmentía de entrada la hipótesis de un rapto del cadáver, que es lo que sin duda dedujo Pedro; y en seguida, el amor que sentía el otro discípulo dejó que se hiciera en él la luz. Atento, el discípulo amado capta en el vacío del sepulcro que Cristo ha vencido todo lo que tiene que ver con el tiempo; es decir, Jesús ha vencido la muerte. Sería prematuro decir que el discípulo creyó en la resurrección; pero ciertamente creyó en la glorificación de Jesús.

Brevemente: Para terminar su relato, el narrador señala el regreso de los dos discípulos a su casa sin hablar más de sus sentimientos. Puede parecer extraño que lo que se constató en el sepulcro no se comunicará a los demás discípulos. El evangelista no se entretiene en un detalle que es fácil de imaginar; deja al lector con lo esencial del relato: la fe ejemplar del “discípulo que amaba Jesús”. No se hace ninguna crítica a Pedro, presentado como un jefe cuya autoridad se reconoce. Este final tan sobrio permite por el contrario alejar a los dos discípulos del sepulcro para dejar sitio al episodio de María Magdalena, que se encontrará sola frente a frente con el Señor (cf. Jn 20,11-18).

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