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Opinión

El reino de Dios explicado en parábolas

“Jesús también decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega. Decía también; “¿Con qué compararé el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra. Y les anunciaba la palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado”.

[Evangelio según san Marcos (Mc 4,26-34); 11º Domingo del Tiempo Ordinario]

El inicio de la actividad de Jesús ha comenzado con el anuncio: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Esta proclama ha suscitado una gran expectativa. La cuestión obligatoria consiste en preguntarse si ¿en qué modo se realizará aquello que ha anunciado? Con las parábolas Jesús afronta las cuestiones que surgen sobre la base de las obras que prosiguen. Sus actividades están todas relacionadas con su mensaje sobre el Reino de Dios (Mc 4,26-30).

Según las parábolas, el Reino de Dios no se despliega aún en su forma plena sino está presente como “semilla”, llena de vitalidad aunque pequeña y sin apariencia. Se percibe mucha resistencia para acoger la semilla, concederle espacio y tiempo para desarrollarse. Con todo, existe el buen terreno, la tierra fértil. La semilla es acogida y se desarrolla, después, hasta alcanzar su plenitud. Esta plenitud dependerá no solo de la predicación de Jesús sino también de la capacidad de escucha y acogida del mensaje y del justo modo de recibir sus enseñanzas. De hecho, Jesús ya lo había subrayado indicando —al inicio— sobre la necesidad de “convertirse y creer” (Mc 1,15).

La parábola de la semilla que crece sola (Mc 4,26-29) responde a la cuestión sobre cómo el reino de Dios viene. ¿No se debería hacer algo continuamente con el fin de promover la venida del Reino? ¿No se debería estar en permanente observación con el fin de controlar como resulta instaurado ese Reino? A estos planteamientos, Jesús responde: Dios hace crecer la semilla y el hombre no sabe cómo sucede esta experiencia. Del mismo modo que llega el tiempo de la cosecha, así mismo vendrá el Reino de Dios por obra de Dios, cuando sea la hora, sin que el hombre intervenga y comprenda en qué modo. Al hombre se exige que tenga fe en el sereno, potente e infalible trabajo de Dios.

La parábola de la semilla de mostaza (Mc 4,30-32) trata de un pequeño e invisible inicio que es conducido con certeza a una conclusión grande e incalculable. Con el grano de mostaza Jesús muestra que un inicio pequeño y humilde no es determinante respecto a la conclusión. Y sostiene que a la limitada operación inicial seguirá el reino de Dios que todo lo abraza en la plenitud de su expansión.

En todas estas parábolas parece que se nota una dificultad fundamental: la palabra de Jesús es más grande que su obra; la promesa de su anuncio no se mantiene por aquello que él va realizando. Por eso, las preguntas y las dudas crecen y, en consecuencia, aquello que Jesús hace no es uniformemente aceptado. Con sus parábolas Jesús apela a la experiencia cotidiana y a la capacidad de comprender de sus oyentes. El querría hacer desaparecer toda duda y conducirlos hacia una mejor comprensión de la situación presente. Las similitudes principales y fundamentales usadas por Jesús es aquella de la semilla que, para todos sus oyentes, es una realidad concreta, conocida por experiencia.

Todos saben que es pequeña, pero plena de fuerza vital. Su crecimiento no es obra del hombre sino acontece por medio del Creador. Este crecimiento tiene una clara y precisa finalidad: llegar a ser la planta plenamente desarrollada. Nadie pone en cuestión, en razón de la insignificante apariencia inicial, la forma final, completamente diversa, incomparablemente más grande.

Con las parábolas, Jesús reconoce que cuanto él hace es pequeño y modesto, y que su mensaje va por un camino bien distinto. Pero sostiene también que tal inicio es pleno de grandísima fuerza interior; que detrás está la potencia de Dios, y que Dios lo conducirá con certeza al anunciado cumplimiento.

En fin: Jesús ha exhortado a “creer” (Mc 1,15). Por medio de aquello que la parábola hace evidente se entiende que la fe no será superflua sino que recibirá ayuda de la razón. Todo cuanto Jesús hace ya es realidad, una realidad totalmente positiva e impresionante, incluso mínima en relación con el Reino de Dios. Solo con la fe se puede aceptar que así sea un tal inicio y que Dios lo conduzca al cumplimiento anunciado. Las parábolas tienen gran importancia porque indican con la figura de la semilla la presencia de tales inicios.

 

OBS: Las ideas y puntos de vista expresados en el espacio de la sección Opinión son de exclusiva responsabilidad del autor. Por lo tanto, dichos juicios no deben ser atribuidos a El Nacional.

 

1 Comment

1 Comentario

  1. Juan Vicente Elli Giménez

    13 de junio de 2021 at 21:16

    Si; y la fe te da la razón para una vida mejor en comunión con Dios.

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