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Opinión

¿Quién es este que calma hasta la tempestad?

“Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo: “Pasemos a la otra orilla”. Ellos dejaron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas lo acompañaban. Se levantó entonces una fuerte tempestad y las olas entraban en la barca, de manera que la barca estaba ya hundiéndose. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal, y lo despertaron, diciéndole: “Maestro ¿no te importa que nos hundamos?”. Él se levantó, ordenó calmarse el viento y dijo al lago: “¡Cállate! ¡Enmudece! El viento amainó y sobrevino una gran calma. Y a ellos les dijo: ¿Por qué tiene miedo? Todavía no tienen fe? Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: “¿Quién es este que hasta el viento y el lago lo obedecen?

[Evangelio según san Marcos (Mc 4,35-41); 12º Domingo del Tiempo Ordinario]

El evangelista san Marcos describe aquí la primera de las tres travesías del lago (cf. Mc 6,45-52, 8,13-21). Estas travesías siempre están precedidas por el alejamiento de la gran multitud y se caracterizan por la privacidad del encuentro de Jesús con sus discípulos a quienes dona la posibilidad de una experiencia especial de su persona. Estar en la misma barca significa estar particularmente cerca el uno respecto al otro, estar expuestos al mismo peligro y compartir el mismo destino. La iniciativa parte de Jesús: “Pasemos a la otra orilla” (Mc 4,35).

En esta travesía del lago, los discípulos experimentan dos cosas: por un lado, la violencia de los elementos de la naturaleza y el riesgo de la vida en la barca que se va llenando de agua; y por el otro, el sueño y la inercia de aquel que les ha conducido a esta situación. Ante la tempestad se muestran impotentes y no pueden hacer nada. Pueden despertar a Jesús y pedirle ayuda. Ellos le dicen: “Maestro ¿no te importa que nos hundamos?”. Por vez primera Jesús es increpado y reconocido como maestro. Desde el punto de vista externo parece que Jesús, con su invitación a la travesía, les ha conducido a la ruina, al naufragio. Sin embargo, Jesús se levanta y ordena al viento y al lago: “cállate; enmudece!”. La naturaleza se somete al imperativo de Jesús; el viento se aplaca y el agua se torna tranquila. El peligro de muerte ha desaparecido.

Solo después de obrar, de calmar la tempestad, Jesús se dirige a sus discípulos. No les ordena nada, más bien los interroga: “¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe? (Mc 4,40). En esta pregunta, temor y fe se contraponen, articulan una amonestación por el comportamiento de los discípulos y muestran una vía. Los discípulos deben plantearse a sí mismos la pregunta y reconocer el camino a seguir. Jesús les condujo al peligro mortal, exponiéndoles a esta dura experiencia. Su temor, el pánico, fue la reacción espontánea de la impotencia humana ante la amenaza. Precisamente en el peligro y en el temor puede probarse su fe.

Ellos se fijaron en el peligro, se dejaron llevar del temor y tendieron a considerar el sueño de Jesús como una indiferencia. La vía de salida es esta: considerar la presencia de Jesús entre ellos como algo más serio que la tempestad; que se sientan seguros —de modo absoluto— en la comunión con él; que confíen en él de manera incondicionada; ponerse en su seguimiento. Esta fe incondicionada en Jesús debe llenar su corazón, y no el temor por cualquier amenaza que venga de las criaturas. A las fuerzas de la naturaleza Jesús les ordena; a los hombres plantea preguntas y les muestra la vía y la meta.

Los discípulos no responden, pero reaccionan ante el gesto de Jesús: “Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: “¿Quién es este que hasta el viento y el lago lo obedecen?” (Mc 4,41). Los discípulos se encuentran siempre ante esta pregunta en las sucesivas experiencias de Jesús. Esta pregunta tiene gran afinidad con aquella formulada después de la obra de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm: “¿Qué es esto? Una nueva enseñanza dada con autoridad; él manda a los espíritus inmundos y estos le obedecen” (Mc 1,27). A los espíritus malvados y a las fuerzas de la naturaleza, que en ningún modo reaccionan ante una palabra humana, Jesús puede dar órdenes y estos le obedecen a la letra. Los discípulos experimentan un nuevo temor: es el temor que viene de lo sobrehumano, de la potencia divina (cf. Ex 14,31; Job 1,16).

Como el peligro, también la salvación del peligro es superior al hombre y vence la impotencia humana. El temor de los discípulos demuestra el sentido que de la obra sobrehumana y divina de Jesús tienen. Expresan también el susto ante la pregunta de Jesús que hace referencia a una fe incondicionada. La pregunta formulada es doble: “¿Quién es este que realiza tales cosas y que requiere semejante fe?”. En esta pregunta no hay dudas sino estupor y búsqueda. Es un paso adelante en el comportamiento de los discípulos que a través de la experiencia vivida con Jesús se hacen guiar hacia una pregunta similar y llegan a plantearla expresamente. De ahora en más, ese planteamiento le acompañaran en el seguimiento de su camino con Jesús.

En fin, en estrecha conexión con su enseñanza sobre el reino de Dios, Jesús ha conducido a los discípulos por el peligro con el fin de experimentar su potencia salvadora. Hasta la pregunta formulada en Cesarea de Felipe (Mc 8,27-30), tal experiencia permanecerá en primer plano, y solo de paso Marcos hablará de la enseñanza de Jesús.

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