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Opinión

Jesús es rechazado en su patria

“Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es esta que la ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?”. Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”. Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe”.

[Evangelio según san Marcos (Mc 6,1-6a); 14º Domingo del Tiempo Ordinario]

Escribiendo: “salió de allí” (Mc 6,1), el evangelista declara expresamente que Jesús abandona el lugar del “retorno a la vida”, probablemente Cafarnaúm (en relación con la hija de Jairo y la curación de la hemorroisa). En cierto modo, Jesús toma distancia de su gran actividad (Mc 4,1—5,43) y se conecta a Mc 3,21. 31-35, cuando sus parientes acudieron a él queriendo llevarlo a su casa, y él les había dejado fuera de la puerta. Ahora Jesús va, espontáneamente, junto con sus discípulos, a su patria (Mc 6,1), no para retornar a su antiguo trabajo, como esperaban sus parientes, sino para cumplir aquello que él deseaba. Nazaret no es mencionada; resulta decisivo el hecho que Jesús se dirija a su patria (Mc 6,1-4) y que haya sido su iniciativa ir junto a aquellos que lo conocían desde hace tiempo, mientras en precedencia eran casi exclusivamente los hombres quienes venían junto a él para escucharlo y para pedirle ayuda. Evidentemente a Jesús le brota del corazón hablar a su gente, a sus compueblanos.

Esta primera aparición en su patria parece ser  también la última en una sinagoga y un día sábado. Seguidamente, Marcos ya no indicará las obras de Jesús en una sinagoga, y mencionará de nuevo el sábado solo en la mañana de Pascua (Mc 16,1). Lo que Jesús hace en Nazaret recuerda su primera aparición en Cafarnaún (Mc 1,21-28) y parece, simultáneamente, que esta sea la última vez que él actúe de esta forma.

Marcos describe la iniciativa de Jesús (Mc 6,1-2a), la reacción de sus compatriotas (Mc 6,2b-3) y el comportamiento sucesivo de Jesús (Mc 6,4-6ª). El inicio es —de algún modo— similar a aquello de Cafarnaúm: Jesús enseña los sábados en la sinagoga, y sus seguidores se sienten profundamente impresionados (cf. Mc 1,21-22 con 6,2 y 11,18). Por otro lado, resultan sorprendentes las diferencias sucesivas. También en Cafarnaúm se preguntaban: “¿Quién es este?” (Mc 1,27a). Y luego se denominaba a la acción de Jesús “una nueva enseñanza hecha con autoridad” (Mc 1,22), y se reconocía su poder sobre los demonios” (Mc 1,27b). Los compatriotas de Jesús solo plantean preguntas y se escandalizan de él, cerrándose a su persona y a su misión (Mc 6,2-3).

Al inicio, ellos formulan verdaderas preguntas interrogándose sobre la naturaleza y sobre el origen de la enseñanza y de los prodigios realizados por Jesús; después, plantean solo preguntas retóricas en las que expresan aquello que ellos saben especialmente de Jesús. Al inicio dicen: “¿De dónde le vienen estas cosas? ¿Y qué sabiduría es aquella que le ha sido dada? Y los prodigios realizados por sus manos?”. Y prosiguen: “No es este el artesano (¿carpintero?), el hijo de María, el hermano de Santiago, de Joset, de Judas y de Simón? Y sus hermanas, ¿no están aquí con nosotros?”

Las preguntas sobre el origen y sobre la naturaleza de sus dos principales formas en que Jesús actúa —enseñanzas y acciones de potencia— son de importancia decisiva. Del mismo modo, más tarde los miembros del sanedrín preguntarán, en el primer encuentro con Jesús: “Con qué autoridad haces esto? O ¿quién te ha dado autoridad para hacerlo” (Mc 11,28). Y Jesús, en su contra pregunta, tocará aún con mayor precisión el punto decisivo: “El bautismo de Juan venía del cielo o de los hombres? (Mc 11,30). Lo mismo para las acciones de Jesús: “Él ha sido enviado por Dios, actúa por encargo y en virtud de Dios, o bien todo es solo obra humana, o incluso diabólica? (cf. Mc 3,22).

Ya en la primera serie de preguntas, los habitantes de Nazaret hablan poco cortésmente en relación con Jesús. Aquel que, a los ojos de sus compueblanos, es “este tal”, en las preguntas retóricas lo califican: “el artesano” (carpintero), el hijo de María, el hermano de Santiago, etc.; y se mencionan, además, “las hermanas”. En pocas palabras, sus compatriotas lo conocen bien; Jesús —para ellos— es solo “este” y “ningún otro”; y así se tiene la respuesta a su primera serie de preguntas: Jesús podría, incluso, haberles impresionado con su enseñanza, pero para ellos él no obra por encargo de Dios. Dado el ambiente en el que él ha vivido, ellos argumentan contra su misión divina (cf. Jn 7,25-28).

Solamente para los compatriotas de Jesús, Marcos hace referencia a la reacción: “Se escandalizaron de él” (Mc 6,3); es decir, ellos se niegan a creer, no desean reconocer que ha sido enviado por Dios. No desean asesinarlo (cf. Mc 3,6), pero tampoco desean saber sobre su misión y de su mensaje.

Otras veces, el evangelista hace referencia solo a la reacción de los presentes; en este caso, en cambio, refiere también la reacción de Jesús, el cual dice a sus compueblanos: “Un profeta no es despreciado sino en su propia patria, entre sus parientes o en su casa” (Mc 6,4). Jesús se contrapone a sus compatriotas, sosteniendo que es verdaderamente enviado de Dios; y el dicho que él cita hace de su recusación una confirmación de aquello que él sostiene.

Con todo, el rechazo no resulta neutralizado, y las consecuencias son evidentes en dos fenómenos informados sólo por Marcos, y solo aquí: Jesús se manifiesta imposibilitado para actuar, y se maravilla (se sorprende). Marcos afirma: “Y él no podía realizar ningún prodigio, salvo algunas imposiciones de mano a pocos enfermos a quienes sanó. Y se maravillaba de su incredulidad” (Mc 6,5-6). Esta imposibilidad se limita a este caso, en su patria. Y tiene su fundamento, evidentemente, en la incredulidad de sus compatriotas. A partir de la frase del leproso: “Si quieres puedes limpiarme”, se habla siempre de poder, es decir, de la potencia de Dios (Mc 1,45; 8,4; 9,22; 15,31). Jesús, evidentemente, no obliga ni impone la fe a quienes no desean creer en él. Respeta la decisión. Aquí radica la razón de su “imposibilidad” de actuar. Con todo, incluso en Nazaret se encuentra con la esperanza y la fe de algunos enfermos y, por tanto, también en Nazaret él está abierto, de su parte, a ayudar y a curar.

En fin: Hasta este texto, Jesús no había sido rechazado de un modo casi unánime. Ya se había encontrado con una oposición proveniente de un grupo limitado (cf. Mc 2,1-3,6; 3,20-35). Al comportamiento de sus compatriotas se podría, quizá, comparar aquello de la gente de Gerasa (Mc 5,17): aquellos que, desde el punto de vista humano, son más cercanos o lejanos, no quieren saber de él. El casi completo fracaso en su patria impresiona más sobre todo porque viene a continuación de su gran enseñanza y los prodigios portentosos realizados por él (Mc 4,1—5,43). Precisamente la cercanía con Jesús parece fomentar la oposición contra él. Resulta también evidente lo difícil que resulta para él, con toda su sabiduría y potencia, conquistar a los hombres para la misión.

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