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Opinión

Desidia, inacción y expresiones que no van allá de lo expositivo

Alberto Yanosky.

Alberto Yanosky.

Paraguay ha trascendido internacionalmente en contadas ocasiones por hechos altamente positivos y quizás uno de los más notorios en la historia de la conservación de la biodiversidad haya sido la creación de la Reserva del Bosque Mbaracayú. Esta reserva se considera la unidad de conservación mejor manejada, más equipada humana y logísticamente, con un fiel apego al cumplimiento de la ley y con una planificación que alberga los más altos estándares internacionales. Fue mucho antes que se consolidara el Convenio Marco de Cambio Climático en la Cumbre de Rio del año 1992, uno de los pocos ejemplos a nivel mundial de “implementación conjunta” a modo de compensación por emisiones de gases de efecto invernadero. En su creación tuvieron muchos héroes nacionales y extranjeros, pero además de mitigar estos gases, se logró salvaguardar un territorio ancestral de la Nación Aché, conservar una masa boscosa que asegura la captación de agua dulce a través de la cuenca del río Jejui; fue además el puntapié inicial para la primera de Reserva de Biósfera del Paraguay declarada por la UNESCO. Es quizás la unidad de conservación que mayores investigaciones alberga y que ha dado lugar (y sigue dando) a muchos científicos nacionales y extranjeros, alberga el primer ejemplo de ecoturismo basado en las riquezas naturales y alberga un colegio especializado y único a nivel regional.

Podría explayarme muchísimo sobre el Mbaracayú, esa masa boscosa, la única de tal tamaño en la región oriental de la República en el Departamento Canindeyú, que fue el eje de la creación de una de las organizaciones ambientalistas más respetadas del país. Una estructura de gobernanza y administración altamente eficiente y que aseguró con mucho esfuerzo la sostenibilidad, sitio de visita de altas autoridades desde el 1988 cuando se empezó a consolidar el sueño, hasta el 1991 cuando por ley de la Nación se la reconoce y se crea una instancia presidida por las Naciones Unidas. ¿Qué más pedirle a una unidad de conservación? Creo que por todos los flancos analizables tiene un desempeño altamente satisfactorio; sin embargo, en estos 30 años ha sido una lucha desenfrenada contra las plantaciones ilegales, por la cacería ilegal, por la extracción de rollos, por la búsqueda de conflictos con la titularidad de la tierra, con una quizás débil presencia del Estado, y hasta la tanto un poco obvia promoción de ilegalidades por ciertos sectores de poder; pero hoy enfrenta uno de los mayores desafíos con una invasión de más de 150 personas que buscan la vida fácil.

Es importante que los órganos del Estado y quienes tienen el poder se dejen de sacar comunicados y tomen cartas en el asunto; hoy es el sitio mejor conservado del país y con los bosques más saludables, el foco de invasiones, y ya conocemos la historia. Creo que las autoridades de turno, quienes no han mostrado un rotundo compromiso con la conservación de la biodiversidad, “se pongan” los pantalones y salgan a hacer lo que tienen que hacer, y que dejen en evidencia los oscuros (o no tan oscuros) intereses sobre estos últimos bosques en pie en el territorio nacional. Los comunicados y las exposiciones orales no ayudan, necesitamos las Fuerzas Públicas para evitar el daño, aún se evite en el corto plazo la invasión, las heridas a la naturaleza del Mbaracayú y a todas las inversiones, no podrán ser remediadas ni compensadas. Sería oportuno que esta Administración tome las riendas y demuestre con hechos contundentes que las unidades de conservación no pueden ser sujetas a invasiones y reformas, cuando están debidamente consolidadas y han demostrado un importante aporte a la conservación del acervo natural y cultural del Paraguay.

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