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Opinión

El retorno pospandemia

Estamos volviendo lentamente a la normalidad. ¿Con qué protección volveremos? En todo el mundo, las naciones se están organizando para permitir un retorno provechoso, tanto para la economía como para la seguridad de las familias, en las relaciones de trabajo, en las escuelas, en las universidades. En algunos países se adoptaron medidas como la exigencia del certificado sanitario de doble dosis de vacuna para acceder a los lugares públicos. Las llamadas cuadrillas están llegando a su fin y las oficinas públicas y privadas se volverán a llenar luego de un largo tiempo de trabajo telemático y se compartirán las vivencias en este tiempo difícil.

Nos costó acostumbrarnos al teletrabajo y hoy podemos percibir que de algún modo nos gusta y que nos permitió un aprendizaje sobre el manejo del tiempo exacto, de las plataformas, y adiestrarnos en la nueva forma de comunicación que la circunstancia nos exigió, aprendiendo un nuevo modo de vivir, como el uso de mascarillas, la distancia y la experiencia vivida en situaciones muchas veces de desesperación por cuidarnos, cuidar a nuestros seres queridos, no reunirnos con nuestros amigos, no abrazarnos, haciendo una vida de aislamiento  y conviviendo cada día con el temor constante, a lo que se sumó la ansiedad por la llegada de las vacunas, que marcó en forma superlativa nuestra angustia.

No dejamos de producir y de cumplir con nuestras tareas y descubrimos también que con las reuniones virtuales hemos evitado ese desgaste de energía que implica el traslado muchas veces dificultoso de casa a la oficina, con un tránsito caótico en las horas de partida y llegada. También descubrimos que ahorramos en combustible, aunque nuestras cuentas de luz y teléfono se vieron multiplicadas por el aumento del uso de internet. Y padecimos las dificultades bien conocidas en la calidad del servicio en un país sin satélite propio, que se conecta con satélite alquilado.

Con el Covid-19 saltó a la vista en forma indubitable la situación de pobreza en el Paraguay. Lo que veíamos en cifras se reflejó en seres humanos clamando por el derecho al alimento y a la salud. Las familias más carenciadas tuvieron que recurrir a las ollas populares. Saltó a la luz la deuda y la falta de prevención del Estado en lo concerniente a la atención de la salud, la deficiente infraestructura de los hospitales públicos, la situación deplorable de los médicos cuyas protestas nos hicieron ver la condición lamentable que sufren tanto en el trato como en las remuneraciones. Todo esto lo sabíamos, pero la pandemia le dio visibilidad y despertó la indignación de la gente que pedía medicamentos y una cama de terapia para sus enfermos. Hemos sufrido todo esto y mucho más.

Desde el Ministerio del Trabajo advirtieron que el Paraguay no tiene en su Presupuesto General de Gastos de la Nación un rubro de seguro de desempleo, por lo que se tuvo que gastar millones de los fondos de emergencia para los improvisados programas Pytyvõ y Ñangareko, fondos que podrían haber sido destinados a la adquisición de insumos médicos. Y pensar que ya en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos dispuso la obligación del Estado de proveer seguro de desempleo y seguro universal de salud y vejez.

Ahora ha llegado la hora de la resiliencia, esa capacidad para superar la adversidad, para seguir proyectando el futuro. El Estado también necesita resiliencia y un propósito de enmienda para transformarse en una institución inteligente que pueda administrar sus políticas públicas garantizando seguridad y nivel de vida adecuado para todos y todas.

 

* Jurista, especialista en Derechos Humanos por la Universidad de Estrasburgo.

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