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Opinión

María, bienaventurada por haber creído

Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en la región montañosa, en los poblados de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi vientre.  ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 1,39-45); 4º Domingo de Adviento]

 

El episodio que nos narra san Lucas, para nuestra reflexión dominical, refiere el encuentro de María con Isabel, en el que la anciana reconoce a María como “la madre de mi Señor” (vv. 39-45). Ante la alabanza de Isabel, María reaccionará recitando la maravillosa actuación de Dios mediante el cántico del Magnificat (cf. Lc 1,46-55.56).

En primer lugar, tenemos la decisión de María que, sin perder tiempo, acudió —atravesando un territorio montañoso— con el fin de auxiliar a su pariente que estaba en cinta, estando ella, también, en estado de gravidez. El evangelista hace notar, mediante el texto introductorio, la prontitud para el servicio y la disponibilidad para ayudar de quien ha sido elegida para ser la madre del Mesías (Lc 1,39).

En segundo lugar, se narra el episodio del “encuentro y la felicitación” (Lc 1,40-45). La narración es fluida y de ritmo bastante rápido. María emprende un apresurado viaje a casa de unos familiares suyos que viven en una ciudad de la serranía de Judea. Ella ya sabe que Isabel está en avanzado período de gestación porque el mensajero celeste acaba de comunicárselo (Lc 1,36-37), y por eso va a visitarla. Así termina, finalmente, el aislamiento en que se ha sumido Isabel (cf. Lc 1,24). Al saludarse las dos mujeres, la anciana nota una sacudida en su interior; el niño empieza a agitarse y a dar unos saltos que ya son prefigurativos. Entonces, Isabel, llena del Espíritu Santo, comprende que María lleva en su propio seno al “Señor”.

Por tanto, una señal divina es la que revela a ambas madres la maternidad de la otra. Y Juan, ya desde el mismo seno materno, “va por delante del Señor” (cf. Lc 1,17), como precursor de Jesús. Hay que notar que en el episodio no se menciona en absoluto el carácter “mesiánico” de Jesús, sino su título de “Señor”. Así es, de hecho, como Isabel saluda a María: “la madre de mi Señor” (Lc 1,43). Y arropando el saludo, una bendición y una bienaventuranza. María es “bendita” (griego: eulogēmenē) entre las mujeres, porque es “bendito” (eulogēmenos) el fruto de su vientre; y es “dichosa” (makaria) porque “ha creído”, por su fe. Dos aspectos de la personalidad de María en los que se centra la alabanza: ser madre del Kyrios y ser la gran creyente.

Cuando Isabel, llena del Espíritu Santo, prorrumpe en una alabanza de María, su primer grito es una “bendición” (v. 42), que recuerda las palabras de Débora, la profetisa, al cantar la gesta de Yael: “¡Bendita entre las mujeres Yael!” (Jue 5,24), o la bendición con la que Ozías aclama el triunfo de Judith: “Que el Altísimo te bendiga, hija, más que a todas las mujeres de la tierra” (Jdt 13,18). La razón por la que Isabel proclama a María como “bendita” se expresa por medio de una construcción paratáctica: “y bendito el fruto de tu vientre”; es decir, porque María lleva en su seno al Kyrios, es decir, al Señor.

Por su parte, el v. 45, con su explícita “bienaventuranza” (griego: makaría) —“¡Dichosa la que ha creído!”—, sirve ya de preparación para ese momento del ministerio público, en el que Jesús va a escuchar de labios de una simple mujer judía, del pueblo, un piropo maravilloso dedicado a su madre: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc11,27). En Lc 1,45 se hace mención expresa de la “fe” de María: “la que ha creído”; y en Lc 11,28, la respuesta de Jesús es otra “bienaventuranza” —“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!”—, que da su verdadero relieve a la grandeza de su madre (cf. Lc 8,21).

En fin: Dos roles fundamentales de María se entrecruzan en el presente texto: la maternidad y la fe de la madre del Mesías. La maternidad es un don maravilloso de Dios por la que ella, por obra del Espíritu Santo, lleva en su seno al Cristo. Y por eso es declarada “bendita”, como también se declara “bendito” el fruto de su vientre. La fe de María es resaltada con el calificativo “bienaventurada”, “dichosa”, “feliz” (makaría) porque ella ha puesto su total confianza en Dios. María, ante todo, llega a ser la madre del Mesías porque antes de la maternidad creyó en la promesa de Dios anunciada por el mensajero celestial. Así ella es la primera creyente, modelo de fe para los cristianos. Jesús, ante la alabanza de la anónima mujer judía destaca, más que la maternidad, la “escucha de la Palabra” y “su puesta en práctica”. Así, María no habría llegado a ser la madre del Mesías si no hubiera sido la primera creyente.

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