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Opinión

“Las bodas en Caná”: el prototipo de los signos

1Y el tercer día hubo unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. 2Jesús fue invitado también a las bodas, así como sus discípulos. 3Como faltase el vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. 4Jesús le dijo: “¿Qué hay entre tú y yo? Mujer, ¿todavía no ha llegado mi hora?”. 5Su madre dijo a los criados: “Haced cualquier cosa que él os diga”. 6Pues bien, había allí seis tinajas de piedra, destinadas a las purificaciones de los judíos, conteniendo cada una de ochenta a cien litros. 7Jesús les dijo: “Llenad de agua esas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. 8Les dijo: “Sacad ahora y llevadlo al maestresala”. (Se lo llevaron). 9Cuando el maestresala gustó el agua convertida en vino (él no sabía de dónde venía aquello, mientras que los criados [lo] sabían, ellos que habían sacado el agua), el maestresala llama al esposo 10 y le dice: “Todo hombre ofrece primero el vino bueno y, cuando están bebidos, el menos bueno. Pero tú has guardado el buen vino hasta ahora”. 11Haciendo en Caná de Galilea este prototipo de los signos, Jesús manifestó su gloria y sus discípulos se pusieron a creer en él.

[Evangelio según san Juan (Jn 2,1-11); 2º Domingo del Tiempo Ordinario]

El evangelio de san Juan es conocido, en el campo de la investigación exegética, como el “evangelio de los siete signos”. Primer signo: el agua convertida en vino en las bodas de Caná (Jn 2,1-12). Segundo signo: La curación del hijo de un cortesano o funcionario real (Jn 4,46-54).Tercer signo: la curación del paralítico en la piscina de Betzata (o Betsaida) (Jn 5,1-18). Cuarto signo: la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15). Quinto signo: Jesús camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Sexto signo: la curación del ciego de nacimiento: (Jn 9,1-41). Séptimo signo: el retorno de Lázaro a la vida terrenal (Jn 11,1-44).

Los signos de Jesús son “las obras del Padre” que ponen de manifiesto la gloria divina en Cristo y, por tanto, la unidad de Jesús con “aquel que lo ha enviado” (Jn 10,30). Juan el Bautista dio testimonio acerca de Jesús, pero Jesús tiene un testimonio “mayor que el de Juan” (Jn 6,57-58). Son las “obras” que realiza en nombre de su Padre y que lo acreditan como “Palabra” y como “Enviado de Dios” (Jn 10,25). Al hablar de estas obras de Jesús el evangelista suele llamarlas “signos” y no “milagros”. Los milagros son acciones taumatúrgicas, en ocasiones con implicancias terapéuticas. Indican obras que sobrepasan las capacidades humanas y las leyes de la naturaleza. Son “prodigios” que solo puede realizar quien está por encima del ámbito humano. Por su parte, el “signo”, que tampoco se identifica con “símbolo”, se relaciona siempre con una realidad oculta, con el  “misterio”, que de alguna manera se hace visible a través de Cristo. Así, las obras de Jesús son “signos” que dejan traslucir el misterio de su Persona y el sentido de su misión.

La liturgia de la Palabra nos propone para este domingo “el primero” de esos “signos”. Pero, las “bodas de Caná” no son solamente el “primero” de una serie de siete signos sino el “prototipo” de esos “(siete) signos” partiendo de la expresión griega: arjê tôn sêmeíôn que no implica “primero” o “comienzo”, en sentido estricto, sino “paradigma” o “arquetipo”.

Las “bodas” representan la fiesta humana por excelencia, la que habla del amor del hombre y de la mujer, destinados a hacerse uno conforme con la imagen divina. Este consorcio conyugal ha servido de metáfora para representar la alianza de Dios con su pueblo, y más particularmente, su realización escatológica, cuando Dios la sellará no solamente con Israel, sino con el mundo entero. La repetición de la palabra “bodas” al comienzo del texto (vv. 1. 2) es evidentemente intencional, a fin de subrayar el marco simbólico del episodio. La boda acontece, al tercer día, en Galilea, país predilecto de Jesús. Normalmente, el vino acompaña al banquete nupcial, y un vino dado en abundancia. Con el trigo y el aceite, el vino es uno de los tres elementos esenciales para la vida humana: don de Dios, creado para el gozo de los hombres y como signo de prosperidad. Por eso mismo correrá en abundancia durante las bodas escatológicas, como anuncia el profeta Amós (9,13; cf. Is 25,6).

En Caná, aguardando a que se realice el reino del Padre, Jesús da un vino superior. Hay una comunidad entre “los dos vinos”, puesto que son el uno y el otro el vino nupcial. La alianza alcanza figuradamente la perfección gracias a la acción de Jesús. Pero, ¿quiénes son los esposos de estas bodas? No ya Jesús y la humanidad, sino Israel y Dios. Israel está simbolizado en la Madre de Jesús, a la que podemos añadir a los criados. La Madre de Jesús no es designada por su nombre (no se dice, en efecto, María). También es llamada mujer, y esto es intencional. Lo mismo que el discípulo al que amaba Jesús, ella tiene un valor que desborda su individualidad. El título mujer no se refiere a la primera mujer, lo cual haría de María una segunda Eva; evoca a la Sión ideal, representada en la Biblia con los rasgos de una mujer y más concretamente como una Madre. María personifica a la Sión mesiánica que congrega a su alrededor a sus hijos en el final de los tiempos. Así, ella es la personificación de Israel.

En el marco de unas bodas durante las cuales no aparece para nada la esposa es la Madre de Jesús quien representa a la esposa, es decir, a Israel. Los criados representarían al Israel deseoso de obedecer al enviado de Dios. Hacen todo lo que está en sus manos. Espontáneamente se imagina uno que el esposo representa a Cristo en persona. Pero Jesús ha sido invitado a la boda y se encuentra junto con los demás, como su Madre y los sirvientes. Sin el esposo no hay bodas. Pero el relato joánico ignora su presencia hasta el momento en que se le evoca indirectamente, cuando el maestresala lo llama para hacerle su observación sobre el vino que acaba de servirse. Como el esposo aquí no puede designar a Jesús, ¿quién es el esposo? No puede ser otro sino Dios, como aparece frecuentemente en la tradición bíblica. El relato presenta simbólicamente las bodas de Dios (evocado en la figura del esposo) con Israel (evocado a través de la Madre de Jesús y de los comparsas del banquete), que se realizan gracias a la presencia y a la obra de Jesús.

El diálogo entre Jesús y su Madre no deja de sorprender. Jesús parece negarse al principio a la requisitoria. Ella al parecer pide un milagro. Pero no es así. Detrás de las palabras de María hay que oír a Israel que confiesa su situación desgraciada esperando el cumplimiento de las bodas escatológicas prometidas por Dios a través de los profetas. Se trata de la respuesta de Jesús dirigida a su Madre, después de que esta le hiciera notar que el vino había terminado (Jn 2,4).

 La Madre, Sión, no dice en forma objetiva “no hay vino”; declara, más bien, que “(ellos) no tienen vino”. Habla en estos términos porque ella no es una testigo neutra, sino que se preocupa de la desgracia del pueblo y la manifiesta. Ahí interviene Jesús para decir: ¿Qué hay entre tú y yo? Mujer… Esta traducción literal corresponde al griego ti emoì kaì soí, fórmula semítica que no tiene equivalente en las lenguas modernas y cuyo sentido depende del tono, del gesto que lo acompaña. En el Antiguo Testamento, esta expresión corresponde al hebreo ma li walak, propia del lenguaje diplomático, que pone en cuestión el vínculo que existe entre dos partes, sea para indicar una ruptura (cf. Jos 22,25; 2Re 3,13), sea para llamar la atención del interlocutor sobre un punto de divergencia (cf. Jue 11,12; 2Sam 16,10; 19,23). La fórmula indica que Jesús no se sitúa en el mismo nivel que su Madre. Lo que Jesús quiere decir es que si llega a actuar, no lo hará movido por causa de una intervención humana, aunque sea la de su Madre (Israel), y sobre todo que su acción superará el nivel de la coyuntura. Esto implica que Jesús irá mucho más allá de las expectativas del pueblo.

La afirmación aseverativa de Jesús “¡todavía no ha llegado mi hora!” es una invitación a su Madre, Sión, a la que conduce delicadamente a través de preguntas que estimulan su conciencia, a reconocer (o a descubrir) que ha llegado para él la hora de intervenir según los proyectos de Dios. “Mi hora” designa, ciertamente, la apertura del misterio, que será la manifestación de la gloria mediante el prototipo de los signos (Jn 2,11): el agua transformada en vino: La antigua alianza transformada en nueva por Jesús.

Brevemente: El rol histórico de María, en el proyecto salvífico de Dios, ha sido determinante, no solo en el proceso de la encarnación sino en todo el ministerio itinerante de Jesús y en la naciente comunidad eclesial. La intervención de María, “la Madre”, en relevantes episodios del Nuevo Testamento, ha sido decisiva en el cronograma de la misión de su hijo Jesús.

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