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Opinión

Custodiar la palabra de Dios por medio del amor y la paz

23Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. 26Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. 27Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. 28Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 29Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

 [Evangelio según san Juan (Jn 14,23-29); 6to domingo de Pascua]

 El texto del Evangelio que nos ofrece la liturgia dominical comienza vinculando el concepto del “amor” (verbo griego: agapáō) con la idea de la “observancia” o “acatamiento” (verbo griego: tēréō). Esta relación, si bien no se menciona, implica la “alianza” (hebreo: berît), pues se la evoca con claridad sobre todo cuando habla de “guardar la Palabra”. El verbo griego tēréō significa, principalmente, “custodiar”. Se custodia la Palabra de Dios haciéndola “carne” y “sangre”, es decir, experiencia de vida, de tal manera que la verdadera “custodia” de la palabra se da cuando el creyente es identificado como la “palabra de Dios viviente”. Sin embargo, hay una novedad: el amor del discípulo no recae inmediatamente sobre Dios, sino sobre Jesús, y son sus mandamientos o su palabra los que guarda. ¡No es que Jesús suplante a Dios! Según el designio de Dios, la fe en el Hijo es la condición de la vida eterna y, por tanto, de la comunión divina. Pero, ¿cuáles son los mandamientos “suyos”, los de Jesús? En realidad, los mandamientos de Jesús se refieren a la revelación de su misterio personal y de su misión: guardar o custodiar esa palabra es creer en aquel que es la verdad y la vida y vivir según esa palabra.

Cuando los galileos le preguntaron qué es lo que había que hacer para agradar a Dios, Jesús les contestó: “La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado” (Jn 6,28). En el Antiguo Testamento, el decálogo es llamado “las diez palabras”. Con el correr de los siglos, la noción de “precepto” prevaleció en Israel y se multiplicaron las prescripciones legales. Los mandamientos de Jesús que debe guardar el discípulo (que ama) se refiere al mandamiento del amor fraterno según el modelo que él mismo les dio. Con todo, es Dios el que lleva a su cumplimiento el amor; pues, precisamente Dios fue el que amó primero entregando a su Hijo único para que los hombres tuvieran vida.

La pregunta de Judas —no el Iscariote—, es decir, el hijo de Santiago, uno de los doce, llamado Tadeo o Lebeo (Mt 10,3) plantea a Jesús si ¿cómo es que tienes que manifestarte a nosotros y no al mundo? Jesús responde diciendo que con él vendrá el Padre y esta venida consistirá en una “morada” permanente. No dice que vendrá al Templo, pues para la tradición secular de Israel, el lugar santo no era más que la figura que anunciaba la morada de Dios en medio de su pueblo, que se realizaría algún día. La palabra hecha carne es el Templo escatológico en su cuerpo resucitado. Ahora es el creyente el que, por su unidad con el Hijo, se convierte en morada de Dios.

A continuación, Jesús introduce el anuncio sobre el Paráclito, enviado por el Padre. Este Paráclito tendrá una función iluminadora pero no enseñará una doctrina nueva que le sea propia sino la que oye de Jesús. Entre el Paráclito y Jesús hay una sinergia parecida a la que une al Hijo con el Padre en la obra de la revelación. Específicamente, el Paráclito cumplirá con dos acciones: “enseñar” (verbo griego: didáskō) y “recordar” (verbo griego: hypomimnēskō). La “enseñanza” del Espíritu consistirá en reavivar en los discípulos el recuerdo de las palabras de Jesús para que el creyente sea introducido a la verdad entera. Esta enseñanza se realizará desde dentro de la conciencia que implica no solamente el “recuerdo” de un hecho anterior sino una toma de conciencia de su significado. El Espíritu Santo Paráclito no se limitará, por tanto, a colmar las lagunas de una memoria quebradiza sino hará que se comprenda el sentido que estaba oculto hasta entonces y permitirá una comprensión en profundidad de los acontecimientos sucedidos. El papel interpretativo del Espíritu, en total concordancia con el mensaje del Hijo, hace de la comunidad el lugar donde se recibe siempre de nuevo su revelación y se actualiza de forma creativa en la existencia de los creyentes. Esto significa que la palabra de Jesús permanecerá viva a lo largo de los siglos.

Luego Jesús anuncia que les deja la “paz” (griego: eirēnē) como “donación” (verbo griego: dídōmi), como un legado o herencia. La “paz”, en hebreo šalóm, es el saludo habitual entre los semitas; no es una fórmula banal, ya que este término encierra una gran densidad, sobre todo en la tradición judía. No significa solamente la ausencia de conflictos o la tranquilidad del alma, sino también la salud, la prosperidad, la dicha en plenitud. ¿Qué sentido tiene esta palabra pronunciada por Jesús? Al dejar a sus discípulos, Jesús no les desea solamente la paz, sino que se la da como una “herencia” porque, en definitiva, es su propia paz la que les da. Cuando afirma que la paz que él da no coincide con la paz que da el mundo quiere indicar que la paz humana o la paz conseguida con las estrategias de la guerra o de la diplomacia son ilusorias —que ya denunciaban los profetas—, oponiendo la paz construida por la gestión de los hombres con la paz que viene de Dios. Por eso, Jesús se negó a traer ese tipo de paz: Yo, más bien, he venido a traer la guerra, dice él. Porque su paz no se identifica con la paz mundana: con la pax romana de Augusto o una paz impuesta por una fuerza imperial o global. La paz que viene de Dios inunda la interioridad humana, los corazones y es, básicamente, fruto de la victoria de Cristo sobre la muerte. Es gozo por los bienes eternos de la salvación que el creyente recibirá.

Jesús también afirma que “el Padre es mayor que yo”. No indica subordinación sino dependencia en razón del envío y la misión: “El enviado no es mayor que el que lo envía”, dice en otro texto (Jn 13,16). Jesús señala, evidentemente, la prioridad soberana del Padre al que él da a conocer. La iniciativa de comunicar a los hombres la vida eterna viene radicalmente del amor del Padre (Jn 3,16). Es el origen de la obra del Hijo que salva al mundo y es el fin al que tienden Jesús, los discípulos y todas las cosas.

En síntesis: Con el amor intracomunitario y la solidaridad entre los discípulos se cumple el mandamiento de Jesús y la nueva ley. Mediante ese amor, el Hijo y el Padre-Dios se hacen presentes en el mundo y habitan en medio de nosotros, y en nosotros, conduciendo la historia y la vida humana. El Espíritu Santo interviene en la comunidad dinamizando y actualizando las palabras de Jesús e impulsando mentes y corazones para dar respuestas creativas a las nuevas circunstancias y situaciones. Este tiempo de crisis y de violencia, ante el imperio de la mafia, es una circunstancia propicia para que los creyentes —desde nuestra fe—  realicemos obras de paz, de solidaridad y de ayuda que fortalezcan la sociedad y haga crecer la fraternidad. No vale la “paz” ficticia como consecuencia de componendas, negociaciones y artimañas (la “paz” mundana) sino la verdadera paz de Cristo, una paz basada en la justicia evangélica.

La presencia del “mal” en nuestro medio (narcotráfico, asesinatos, sicariato, injusticias, etc.) se torna sistemática. Es el sistema del “Adversario” o “seductor” de este mundo presente. Este hecho nos plantea la necesidad de abrir las conciencias ante cualquier propuesta engañosa que distorsione nuestra vida cristiana y “custodiar” la palabra como arma para la victoria contra el Maligno.

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