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Opinión

El viaje a Jerusalén y las exigencias de la vocación apostólica

Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén. Así que envió mensajeros por delante, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada. Pero no lo recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Ante la negativa, sus discípulos Santiago y Juan dijeron: “¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y los consuma? Pero Jesús se volvió y les reprendió; y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, uno le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas”. Jesús replicó: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Dijo a otro: “sígueme”. Pero él respondió: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Replicó Jesús: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Hubo otro que le dijo: “Te seguiré Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa”. Replicó Jesús: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios!”

[Evangelio según san Lucas (Lc 9,51-62) — 13er domingo del tiempo ordinario]

El texto que nos presenta la liturgia de la palabra, para nuestra reflexión dominical (Lc 9,51-62), forma parte de una de las secciones más importantes de todo el Evangelio según san Lucas porque aborda el “viaje de Jesús a Jerusalén”, marcha que adquiere en san Lucas una categoría no meramente geográfica sino teológica en cuanto que Jerusalén es la ciudad de la consumación de su ministerio. En efecto, Jesús se va desplazando, en compañía de sus discípulos, desde Galilea a Judea, a través de Perea, una región de la Transjordania (cf. Mt 19,1—20,34). Hasta el momento, todo el ministerio de Jesús se ha desarrollado fundamentalmente en Galilea: Nazaret (Lc 4,16); Cafarnaún (Lc 4,31), el lago (Lc 5,1), el monte (Lc 6,12), de nuevo Cafarnaún (Lc 7,1), Naín (Lc 7,11), Betsaida (Lc 9,11); incluso una vez que Jesús abandona ese territorio, para dirigirse a la región de los gerasenos, Lucas dice explícitamente: “que está enfrente de Galilea” (Lc 8,26).

La circunstancia temporal (“como se iban cumpliendo los días de su asunción”) puede entenderse en sentido mucho más amplio, como referencia al conjunto de acontecimientos de marcan el “paso” de Jesús al Padre, es decir, la muerte, la sepultura y la exaltación. La palabra griega analēmpsis solo aparece en este pasaje en todo el Nuevo Testamento. Esta idea de la “ascensión” de Jesús, probablemente, penetró en la tradición cristiana por influjo de la Carta de san Pablo a los Efesios (Ef 4,9-10) que cita expresamente el Salmo 68,19 y lo comenta a continuación (Ef 4,9-10). El trasfondo veterotestamentario de la “asunción” de Jesús puede detectarse en los casos de Enoc (Gn 5,24b) y de Elías (2Re 2,11; 1 Mac 2,58; Eclo 48,9). También en la literatura intertestamental encontramos la Asunción de Moisés (AsMo, 10,12) o incluso la Ascensión de Isaías.

El evangelista afirma, literalmente, que Jesús “endureció el rostro para ir a Jerusalén”, un modo hebreo para decir que tomó la firme determinación de afrontar inconmoviblemente su destino, a pesar de los obstáculos que pudieran interponerse. Aquí, Jerusalén, adquiere una connotación eminentemente religiosa como ciudad en la que el destino de Jesús va a llegar a su cumplimiento. Entonces, “envió por delante unos mensajeros”, expresión en la que tal vez resuene el texto del profeta Malaquías: “Mira, yo envío un mensajero a prepararme el camino” (Mal 3,1); ulteriormente, ese mensajero es Elías (Mal 3,23).

Los mensajeros “entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada”; se trata de una aldea de los samaritanos. Hay que observar que en Mt 10,5 Jesús prohíbe expresamente a sus enviados toda misión en tierras de Samaría. Por otra parte, en la tradición sinóptica Lucas es el único que presenta a Jesús tratando con samaritanos (Lc 10,30-37; 17,11-19; Hch 1,8; 8,1-13.14.25; etc). El adjetivo “samaritanos” —en griego: samaritēs— se refiere a Samaría, la capital del reino del norte, fundada por el rey Omrí hacia el año 870 a.C. Con el tiempo se convirtió en designación étnico-religiosa, aplicada a los habitantes de la región comprendida entre Galilea y Judea, al este del Jordán. Es conocida la división entre judíos y samaritanos. La escisión de ambos pueblos se ha relacionado frecuentemente con la destrucción de Samaría (año 722 a.C.), conquistada por los asirios. Después de la caída de la capital del reino del norte, los habitantes fueron deportados a Asiria y sustituidos por colonos procedentes de Babilonia (2Re 17,24). Después del destierro, cuando los judíos empiezan a reconstruir la ciudad de Jerusalén y a reedificar el templo, encuentran una violenta oposición en ciertos grupos, que amenazan la continuidad de las obras (cf. Esd 4,2-24; Neh 2,19; 4,2.9). Esa oposición se ha querido explicar como procedente de los colonos samaritanos, ya escindidos del judaísmo.

Entre otras cosas, los samaritanos restringían el canon de las Escrituras Sagradas al Pentateuco (el “Pentateuco samaritano”); además, edificaron su propio santuario en las laderas del monte Garizín (actual Tell er-Râs), ya en período helenístico. Este templo sirvió como lugar de culto desde la época de Alejandro Magno hasta su destrucción en tiempos de Juan Hircano (hacia el año 128 a.C.). A partir del período helenístico, las divergencias entre la población judía y los samaritanos son plenamente comprobables, desde el punto de vista histórico. El “Pentateuco”, compuesto por los samaritanos, fue escrito en tiempos de la dinastía asmonea; además, ellos desarrollaron su propia liturgia (los actuales samaritanos de Nablús todavía celebran la fiesta de la Pascua al aire libre, en las cumbres del Garizín), y produjeron su propia literatura, fundamentalmente litúrgica, en hebreo y en arameo.

Todo el relato precedente nos permite comprender las motivaciones de la negativa de los samaritanos al alojamiento de Jesús (que era judío —de la tribu de Judá—) en los poblados de Samaría. En realidad es el primer caso de oposición a Jesús, en su camino a Jerusalén. Flavio Josefo da testimonio de los problemas con que se encontraban los peregrinos procedentes de Galilea para atravesar el territorio de Samaría, de camino hacia Jerusalén, con ocasión de las fiestas comunitarias (cf. Antigüedades XX,6,1,nn 118-123). Relata Josefo un incidente que se produjo en tiempos del procurador romano V. Cumano. Por eso, la mayoría de los peregrinos galileos iban hasta el Jordán, cruzaban el río y, a través de Perea, seguían hacia Jerusalén (cf. Mc 10,1).

Jesús se traza la meta de dirigirse hacia Jerusalén y es esta meta proyectada la que causa o mueve a los samaritanos a no darle acogida. Los dos hijos de Zebedeo (Juan y Santiago), en la enumeración de los Doce, según la redacción de san Marcos (Mc 3,17), reciben de parte del mismo Jesús la calificación de boanēges, una expresión hebreo-aramea que quiere decir “hijos del trueno” o “hijos de los rayos”. Estos dos discípulos, precisamente, desean participar del “poder” de Jesús realizando un prodigio aparatoso para escarmiento de los samaritanos, pues proponen: “¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y los consuma? Jesús, que encabeza la marcha “les regañó”. Evidentemente, la reprimenda implica desaprobación porque el Maestro pretende corregir la estrechez de miras de sus discípulos, que no acaban de entender el verdadero significado de su misión (cf. Lc 9,45). Por eso rechaza terminantemente cualquier identificación con Elías, el fogoso reformador de Israel (cf. Lc 7,18-23). Y rechaza, igualmente, cualquier clase de connivencia con una reacción tan abrupta y desaforada ante el comportamiento humano, por hostil que este pueda ser. Jesús se convierte en un ejemplo vivo de su propia enseñanza en el discurso de la llanura (cf. Lc 6,29). Finalmente, tuvieron que marcharse a otra aldea.

Ya nuevamente en camino, se presentan “tres aspirantes a discípulos” (Lc 9,57´62). En tal circunstancia se plantean las actitudes que él mismo exige a sus futuros discípulos y a todo el que quiera seguirle en su camino. Son personajes anónimos y desconocidos, por tanto aplicables a cualquier discípulo de ayer, de hoy y de siempre. Las declaraciones de Jesús, en realidad, son tres advertencias dirigidas al que desee identificarse con la misión que el Padre le ha encomendado. El que quiera ser discípulo deberá calcular los riesgos inherentes a esa identificación y contar con un previsible conflicto entre diversas lealtades. Las exigencias de Jesús abren una nueva dimensión a la idea de “seguimiento de Cristo”, es decir, a la condición de discípulo.

El primer aspirante se ofrece generosamente, con todo entusiasmo y espontaneidad; un compromiso sin condiciones. Jesús responde con absoluta serenidad; pero deja bien claro que ser discípulo es una responsabilidad extremadamente seria. El Hijo del hombre no tiene una morada estable; su condición es “caminar”; su vida es una existencia itinerante, sin casa, sin abrigo, sin una familia, sin las condiciones mínimas de una vida ordinaria; “no tiene donde reclinar la cabeza”. Incluso los mismos animales viven mejor.

En el segundo caso, la invitación viene de Jesús; pero el candidato, aunque dispuesto a aceptar la oferta, pone sus condiciones. Pide un compás de espera; el tiempo necesario para cumplir una obligación filial. Pero la respuesta de Jesús no admite dilaciones: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Esta máxima de Jesús se ha considerado normalmente como extremadamente severa. El sentido originario debería ser: “Deja los muertos a sus sepultureros”. Dicho de otro modo: “Deja que sean los indecisos los que entierren a sus muertos”. Jesús, en realidad, no niega las obligaciones filiales que incumben al aspirante a discípulo; pero lo importante viene en la segunda parte del versículo: además de los deberes de filiación —y por encima de ellos— hay que tener en cuenta otras perspectivas. En resumen, el sentido de la máxima sería el siguiente: “Deja que los (espiritualmente) muertos entierren a sus (físicamente) muertos”. Es decir, el seguimiento que Jesús propone puede tener unas exigencias que estén incluso por encima de los vínculos de filiación. Esa es la radicalidad que se le exige al discípulo, la piedra de toque de su fidelidad. La máxima subraya el carácter de inmolación inherente a todo acto de elegir, que pone en juego la propia libertad. Pero no por eso es una exigencia cruel, sino más bien encaminada a la proclamación del Reino de Dios.

El tercer aspirante es una síntesis de los dos casos precedentes: se asemeja al primero en su disponibilidad espontánea; pero también, como el segundo, pone sus condiciones. En este último rasgo resuena el pasaje de la vocación de Eliseo relatado en 1Re 19,19-21. Echar mano al arado por un compromiso con el Reino implica una renuncia en la que no caben distracciones. Seguir a Jesús requiere una dedicación exclusiva a las tareas de implantación del Reino, que debe superar incluso los más íntimos sentimientos familiares. Por consiguiente, el seguimiento de Jesús no consiste exclusivamente en una “imitación del Maestro”, sino que requiere asumir existencialmente sus mismas condiciones de vida, las exigencias del ministerio e incluso la aceptación de su destino. La Llamada supone un triple sacrificio: la seguridad personal (primer caso); los deberes filiales (segundo caso); los sentimientos y vínculos familiares (tercer aspirante).

En resumen: la negativa de los samaritanos a alojar a Jesús en una de las aldeas, de algún modo, anuncia las futuras oposiciones a su ministerio mesiánico, principalmente porque su misión adquiere carácter universal y no se limita, únicamente a Samaría o a Jerusalén sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. El mesianismo de Jesús no es grandilocuente ni aparatoso; más bien es sencillo, humilde pero con la fuerza y el poder de Dios que transforma desde dentro y no con espectacularidad. Por eso, corrige la pretensión de sus discípulos que proponen intervenciones con notas de parafernalia. Al mismo tiempo, a los candidatos al discipulado les manifiesta la seriedad y la radicalidad del compromiso de adhesión al proyecto del Reino de Dios y de adhesión total a su ministerio.

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