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Opinión

Fuego sobre la tierra

49“He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! 50Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! 51“¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. 52Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; 53estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 12,49-53) — 20º domingo del tiempo ordinario]

El texto del Evangelio propuesto para este domingo contiene elementos que podríamos denominar “notas enigmáticas de la misión de Jesús”. “Enigmáticas” porque las expresiones formuladas, en este breve discurso, —pronunciado con vehemencia— parece contradecir la visión de “mansedumbre”, de “humildad” y de “serenidad” de Jesús a la que estamos, tal vez, equivocadamente habituados. De hecho, la lexicografía dominante está vinculada con el “fuego” (griego: pýr) y la “división” (griego: diamerismos). En efecto, se insinúa un fuego abrasador y un fraccionamiento que se opone a cierta concepción de la “paz” y que alcanza a toda la tierra con efectos en el núcleo familiar.

En realidad, Jesús plantea, en el presente texto expuesto por san Lucas, varias reflexiones sobre su misión. Lo hace en lenguaje figurado con fuerte connotación simbólica indicando cuáles son las notas características de su venida: “He venido a arrojar fuego sobre la tierra” (Lc 12,49), arremete Jesús. El lenguaje suena altisonante, virulento y preocupante, similar a las invectivas proféticas del Antiguo Testamento que, en no pocas veces, se perciben amenazantes.

En primer lugar, su deseo es ver toda la tierra abrasada (o quemada), y hasta consumida, por ese fuego que su venida enciende en el mundo. El objetivo fundamental de su ministerio, de su proclamación y de su actividad prodigiosa, se expresa figuradamente como un “fuego”. El “fuego” es un elemento de la naturaleza que pertenece a la categoría simbólica “cósmica”, presentada aquí como un factor discriminatorio. Se trata del fuego de la “crisis” con todas las ambigüedades de la polisemia del símbolo.

En segundo lugar, en la perspectiva de Jesús, su ministerio es “un bautismo” no solo con agua, sino también con “fuego” (Lc 3,16). Pero un bautismo que no está destinado únicamente a los demás, sino que le concierne a él. Jesús, el que bautiza con fuego, tiene que enfrentarse, él mismo, con la prueba y la crisis, elementos constitutivos de esa formulación simbólica. Y Jesús está ansioso de que esa realidad llegue a su cumplimiento, porque su inmersión en el “bautismo” está íntimamente vinculada con los objetivos esenciales de su ministerio. De este modo, no se especifica en qué consiste, propiamente, ese bautismo; todo queda en la oscuridad de la figura. Con todo, ese bautismo puede definirse como el “martirio de Jesús”, martirio en el que su carne es lacerada y penetrada por el hierro y su sangre que se vierte en razón del testimonio supremo en favor del Reino de Dios.

En tercer lugar, Jesús describe los efectos de su actividad con el término griego diamerismos, es decir, “discordia”, “división”, “separación”. Y eso, a primera vista, parece implicar una contradicción entre las consecuencias del “fuego” y del “bautismo”, por una parte, y por otra, uno de los aspectos más importantes de la presentación lucana de Jesús, que, ya desde su nacimiento, lo introduce como el que trae “paz” a la tierra. Con todo, no hay que olvidar que, ya desde su presentación en el templo, Jesús está marcado como bandera discutida, como señal de contradicción, como causa de ruina y de resurgimiento para muchos en Israel (cf. Lc 2,34). Lo que ahora se enuncia es una de las modalidades de esa “división”: la discordia entre los componentes de una misma familia. Se cumple así la lamentación del profeta Miqueas, que llora la desaparición de “los hombres leales”, del “hombre honrado”, de la estabilidad social de la raza humana, cuyas convulsiones arrastran no solo al “prójimo” y al “amigo”, sino a los propios miembros de la familia (Miq 7,1-7). ¿Acaso Cristo no vino a traer la comunión? ¿Por qué nos dice ahora que trae la “división”? Ciertamente, el plan de salvación de Dios, proclamado por Jesús tiende a fomentar la comunión en la humanidad, en la Iglesia, en la familia, pero no cualquier “comunión”. No una comunión basada en una paz ficticia, en una paz forzada, basada en la “buena educación” y en los modales preestablecidos de un irenismo desconectado con la raíz del cristianismo. La paz de Cristo se basa en la justicia (Sant 3,18), no en los arreglos y componendas de recíprocas conveniencias. Por eso, los valores de los cuales Jesús es portador provocan, necesariamente, conflictos, desacuerdos, posiciones opuestas porque no se pueden dar dos vías paralelas: “El que no está conmigo, está en contra de mí y el que no rejunta conmigo, desparrama” (Mt 12,30). El creyente debe definirse y no crear un cristianismo paralelo.

En fin: No cabe duda que Jesús entra en la historia humana en una época de paz, en la era de la pax Augusta, paz impuesta por la fuerza por el imperio romano. Jesús no viene como el reformador fogoso que esperaba Juan Bautista. Pero no por eso es menos cierto que el propio Jesús describe su actuación ministerial como fuente de divisiones incluso entre los destinatarios de su mensaje salvífico. Es más, esos desgarramientos se producirán hasta en el seno de su familia, ya que “una espada atravesará el corazón” de su misma madre, y eso a pesar de la admiración que Lucas siente por María, la primera y la más profunda creyente. La división en la comunidad cristiana es patente desde los inicios hasta hoy: por motivos doctrinales, morales y disciplinarios; por causa de egoísmos, estrecheces mentales, ambiciones personales y una deformada concepción del ejercicio del “poder” (que debe ser de “servicio” y no de “dominio”). Pues, aunque todos en la Iglesia profesamos la misma fe, siempre hay disensos, oposiciones, deshonestidades, enemistades, desconfianzas, fruto de incomprensiones, errores, opciones equivocadas e hipocresías. Porque aún sobreviven muchos elementos de la cultura pagana de los que no logramos desprendernos del todo. Sin embargo, más allá de las desavenencias y diferencias, lo que verdaderamente importa es estar con Cristo, seguirle a él, adecuarnos a él, adherirnos firmemente a la causa del Reino como él mismo lo hizo.

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