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Opinión

Enseñanzas de Jesús sobre el “perdón”, la “fe” y el “servicio”

“«Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, le perdonarás». Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido». «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: “Pasa al momento y ponte a la mesa?” ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?”. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer»”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 17,3b-10) — 27º domingo del tiempo ordinario]

El texto del Evangelio que el ordenamiento litúrgico dominical nos ofrece, para este 27º domingo del tiempo ordinario, contiene tres temas: el perdón al hermano (Lc 17,3b-4), la fe de los discípulos (Lc 17,5-6) y el rol de los seguidores de Jesús como “meros servidores” (Lc 17,7-10).

El primer tema trata sobre el perdón mutuo entre “discípulos”, es decir, entre todos aquellos que han optado por seguir a Jesús. Para calificar a un discípulo en relación con otro discípulo, el maestro emplea el vocablo griego adelphós, es decir, “hermano”, una lexicografía tomada en préstamo del núcleo familiar. El contexto de esta praxis es, evidentemente, el ámbito de la comunidad cristiana. La recomendación de “perdonar” es un tema característico del tercer Evangelio. Por eso, con cierta frecuencia, Lucas insiste en la misericordia de Dios que perdona el pecado humano. Pero, en este texto concreto la perspectiva del perdón cambia de dirección. No se trata aquí del perdón de Dios al hombre (de arriba hacia abajo) sino el perdón  mutuo entre seres humanos, entre hermanos y hermanas (entre iguales); más exactamente entre los miembros de la comunidad cristiana.

La pregunta que surge, espontáneamente, es la siguiente: ¿Cómo debe proceder un discípulo ante un hermano que le ha ofendido? Para responder a esta problemática, tan frecuente en las relaciones intracomunitarias, Jesús emplea el verbo griego epitimaō (“reprender”) en imperativo aoristo, es decir con el valor de una “orden”. En efecto, Jesús recomienda “amonestar” o “reprochar” al ofensor. Quizá no se deba tomar la expresión verbal con el valor de “conminar” o “intimar” como cuando Jesús ordena al demonio en el exorcismo practicado en Cafarnaún (Lc 4,35) sino en el sentido de una “censura” franca y abierta, pero al mismo tiempo delicada, que haga entrar en razón al discípulo respecto a su inadecuado comportamiento. Se trata de una “corrección fraterna” que tienda a restablecer las relaciones y superar eventuales rencores o evitar la descalificación del agraviante ante los demás en la comunidad. En efecto, denigrar al ofensor por la falta cometida, desacreditarlo o calumniarlo no son vías de solución al conflicto; al contrario, son reacciones que pueden empeorar la situación.

Si la amonestación surte efecto y el ofensor reconoce su falta o su culpabilidad, el “perdón” es imperativo. Respecto al “reconocimiento” del error, el verbo griego empleado por Jesús es metanoeō (en subjuntivo aoristo) indicando, de esta manera, una verdadera “conversión”. El verbo empleado para indicar el “perdón” está, justamente, en modo imperativo (griego: áfes), señalando, de esta manera, que ante la conversión corresponde, necesariamente, el perdón. Precisamente eso es lo que se pide en el Pater noster (Lc 11,4ab): “…y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe…”.

La segunda parte de la recomendación (Lc 17,4) va aún más lejos: El discípulo tiene que perdonar siempre que haya arrepentimiento o conversión. La frase “siete veces” (griego: heptákis) es una expresión típica del sistema simbólico numérico en el que “siete” no tiene un valor “cuantitativo” sino “cualitativo” y se emplea en la Sagrada Escritura para indicar “totalidad”. En este contexto significa: “siempre”. Entonces, la apertura al “perdón” debe ser ilimitada, toda vez que haya reconocimiento de la falta (o pecado) y “conversión”. Según parece, la expresión “siete veces”, relacionada con la frase “setenta veces siete” (griego: hebdomēkontákis heptá) del Evangelio de san Mateo (Mt 18,21-22), tiene su trasfondo en Gn 4,24 en donde encontramos la locución hebrea šib‘îm wešib‘āh (“setenta y siete”): “Caín será vengado siete veces, más Lámec lo será setenta y siete (veces)”. Algunos optan por “setenta veces siete”; otros traducen: “setenta y siete veces”.

El segundo tema que Jesús aborda surge por iniciativa de los discípulos, aquí denominados “apóstoles” (griego: apostolói), los cuales piden al Señor que “les aumente la fe” (Lc 17,5-6). La fe es una condición indispensable del discípulo para el seguimiento y la misión. En concreto, la dimensión de la fe que aquí se plantea no implica únicamente la adhesión a las enseñanzas del maestro sino que atañe a las “cualidades y poderes” que la fe suscita. En algunas ocasiones, los discípulos no han podido resolver ciertas situaciones como la expulsión del demonio de un niño poseído (cf. Mt 17,20; Lc 9,37-43a). Esta “incapacidad” es atribuida por Jesús a la “poca fe” (griego: oligopistía). Mediante una formulación hipotética o condicional, el Señor les responde: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a ese sicómoro: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería” (Lc 17,6). En la versión del Evangelio de san Mateo no se trata de una “sicómoro” sino de una “colina”: “Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a esa colina: ‘Córrete más allá’, y se desplazaría; porque nada os resultará imposible” (Mt 17,20).

Este tipo de enseñanzas de Jesús se corresponde con el grupo de “máximas sapienciales”, no en forma de proverbio, sino de índole puramente didáctica. Las “máximas” formulan una “paradoja” (una afirmación aparentemente incongruente cuya verdad o falsedad no se pueden afirmar ni negar), semejante a la que se expresa con la figura del “camello y el ojo de la aguja” (Lc 18,25) cuyo fin es indicar, aquí, que el grado de fe de los apóstoles no llega a un grano de mostaza, semilla caracterizada, particularmente, por su pequeñez. Lo que Jesús quiere subrayar, mediante este recurso literario, es la importancia de la fe; tan importante es que si se pudiera medir y fuera verdaderamente auténtica puede realizar milagros y prodigios aunque no fuese más grande que una pequeña semilla de mostaza.  En el fondo, se puede entrever una crítica sutil del maestro a la fe de sus seguidores que no llega ni siquiera en el nivel de esa pequeña semilla. Pablo de Tarso, en su primera carta a los corintios (1ªCor 13,2) introduce el concepto de una “fe capaz de trasladar montañas” en relación con otros carismas, como “hablar en lenguas”, “inspiración profética”, “conocimientos de secretos y saberes”; una fe, digamos, de naturaleza carismática que tal vez pueda ser diferente a la noción de fe como respuesta al Evangelio, al kerigma. Ante esto, es necesario observar que Lucas no se refiere, precisamente, al don carismático, sino a la reacción humana a la predicación de Jesús y de los suyos.

Por otra parte, aunque la respuesta de Jesús supone que la fe que por el momento tienen los apóstoles no llega ni siquiera a un grano de mostaza, indica suficientemente que la actitud fundamental de los discípulos es precisamente pedir: “Auméntanos la fe”. Pues bien, esa fe, con todas sus posibilidades de desarrollo, tiene poderes ilimitados si es genuinamente cristiana; un poder ilimitado que, como se expresa en la imagen, puede “arrancar una morera/ o sicómoro” y “plantarla en el mar”.

El tercer tema gira en torno al “servicio” cristiano y una eventual recompensa (Lc 17,7-10). Al respecto, Jesús enseña que el discípulo es como un “servidor” (griego: doúlos) cuya obligación es cumplir lo que se le mande; esa es su misión, su destino y su orgullo, sin ulteriores pretensiones. Y así tiene que reconocerlo: “Somos unos meros servidores”; nada más. En realidad, el adjetivo griego ajreīos adquiere el significado de “inútil” o “inservible” (cf. Mt 25,30); también podría significar “indigno”. El sentido de la expresión no es que Dios no necesita el servicio del hombre, como tampoco se cuestiona la recompensa que Dios otorga al hombre por sus servicios. Lo que se dice es que el ser humano no puede reclamar a Dios, en justicia, por haber hecho más de lo estrictamente debido. Por mucho que haga una persona en servicio de Dios, siempre será, en algún sentido, “inadecuado”, “infructuoso”.

Si en el mundo de las relaciones humanas un amo puede exigir a su criado que cumpla con sus obligaciones, cuánto más podrá esperar Dios de los discípulos, de los que consagran toda su servicialidad a la expansión del Reino. En la Misná se dice: “No seáis como criados que sirven a sus amos para obtener una recompensa; sed como criados que sirven a su amo no para obtener una recompensa; y que el temor del cielo os acompañe” (dicho atribuido a Antígono de Sokko, en Abot 1,3). También se encuentra en la Misná: “Si tus logros en el cumplimiento de la ley son considerables, no pretendas merecer una recompensa; en realidad, para eso fuiste creado” (máxima atribuida a Rabbí Yohanan ben Zakkai, en Abot 2,8).

El mensaje de la parábola es claro: el discípulo, en cuanto “servidor”, después de haber cumplido su misión, debe considerarse simplemente como lo que es, un “pobre criado”. En este sentido, la recomendación de Jesús subraya dos aspectos: Primero, la fidelidad del discípulo en el cumplimiento de sus obligaciones no comporta necesariamente una garantía de su salvación. Después de haber realizado todo lo que se espera de él, no debe perder de vista que su destino, su recompensa, es única y exclusivamente pura gracia. Segundo, la vanagloria humana es un sinsentido. Lucas pone en labios de Jesús una idea que Pablo desarrollará con su propia terminología: kauchēsis (“engreimiento”, “petulancia”, “presunción”) (cf. Rom 3,27; 1Cor 1,29; Ef 2,9).

En fin: Esta dimensión del “servicio” con la que Lucas concluye la triple enseñanza o recomendación, confiere un carácter de “deber” a las máximas precedentes, de tal manera que el discípulo “perdonando” al hermano; madurando en  “una fe auténtica”, a toda prueba, pueda ejercer su ministerio de “servicio” a favor del Reino con el fin de expandir la palabra de Dios y testimoniar a Jesucristo muerto y resucitado, confiando siempre en la gracia de Dios.

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