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Opinión

El leproso samaritano agradecido

17,11De camino a Jerusalén, (Jesús) pasó por los confines entre Samaría y Galilea. 12Al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a distancia 13y, levantando la voz, dijeron: “¡Jesús, líder, ten compasión de nosotros!”. 14Al verlos, les dijo: “Id y presentaos a los sacerdotes”. Y resulta que, mientras iban, quedaron limpios. 15Uno de ellos, viéndose curado, se volvió alabando a Dios en alta voz, 16y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le dio las gracias. Era un samaritano. 17Dijo entonces Jesús: “¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? 18¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?”. 19Y añadió: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 17,11-19) — 28º domingo del tiempo ordinario]

El texto evangélico propuesto por la liturgia de la Iglesia, para este domingo 9 de octubre, se ambienta en el “camino a Jerusalén” (Lc 17,11a). San Lucas caracteriza a Jesús en constante movimiento hacia la ciudad de su destino, la ciudad santa donde tiene que realizarse la salvación definitiva de la humanidad. Aquí, el tercer evangelista provee, sin mayores precisiones, unas coordenadas geográficas generales: en “…los confines entre Samaría y Galilea” (Lc 17,11b). La mención de Samaría, sin embargo, será pertinente en relación con el personaje central de esta narración: El leproso samaritano “purificado” por Jesús de su lepra que se manifestó agradecido y que alabó a Dios con voz potente (Lc 17,15-18a).

En el relato, se informa que Jesús entra “en un pueblo” (Lc 17,12a) sin identificarse de qué poblado se trataba. Y así se plantea el escenario en el que se circunscribe la narración que gira en torno a la curación de “diez varones leprosos” (Lc 17,12; griego: déka leproí ándres). El número “diez” (griego: déka) puede no ser de naturaleza cuantitativa sino un dato propio del sistema simbólico numérico (o aritmético) empleado para indicar una considerable cantidad que no obstante no refleja “plenitud” (como el número “siete”, por ejemplo). En el Segundo libro de los Reyes se lee una formulación semejante: “Junto a la entrada de la ciudad había «cuatro hombres» leprosos” (2Re 7,3). La especificación de la enfermedad que padecían (“lepra”) es una condición que los hacía absolutamente marginales, “intocables”, “impuros” para la concepción religiosa hebrea, en especial para los dirigentes que, en general, observaban los códigos de la pureza ritual. Los “leprosos” debían vivir en lugares apartados, evitando todo contacto con las personas con el objeto de no contaminarles. La anotación informativa que los leprosos “se pararon a distancia” (Lc 17,12c) refleja el cumplimiento de la prescripción legislativa de mantenerse alejados o aislados de los demás (cf. Nm 5,2-3; Lv 13,46).

En efecto, en el libro de los Números se establece: “Manda a los hijos de Israel que echen del campamento a todos los leprosos, a los que están impuros por flujo seminal y a todos los que están impuros por haber tocado algún muerto” (Nm 5,2-3). En el Levítico, del mismo modo, se lee cuanto sigue: “Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro y, siendo impuro, vivirá solo; se quedará fuera del campamento” (Lv 13,46).

Al ver a Jesús, los leprosos “levantaron la voz” y gritaron pidiendo auxilio: “líder, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). De ordinario, el título con el que los “leprosos” ruegan a Jesús es traducido por “maestro” (griego: didáskalos) o “señor” (griego: kýrios); pero el vocablo que emplea Lucas, exclusivo de su obra, es el griego epístáta (vocativo), expresión que siempre está en labios de los discípulos. Según parece, este calificativo no tiene un origen o correspondencia en la lengua hebrea sino procede del ámbito cultural helenístico en el que adquiere el significado de “líder”, “guía” o “dirigente”. Los leprosos solicitan de Jesús un acto de “compasión”, de “misericordia” (verbo griego: eleéō). Si bien los leprosos no especifican el motivo del pedido de clemencia, del contexto se deduce que se refiere a su situación de “leprosos”. Ellos desean ser “curados”, “sanados” de su mal; más específicamente quieren quedar “limpios” de la lepra porque tal “impureza” les impide integrarse a la comunidad y acceder al templo en el que se experimenta la cercanía de Dios.

En su respuesta, Jesús no pide mayores especificaciones porque para él es obvio de qué problema se trata; por eso, no pronuncia ninguna fórmula de curación, no les impone las manos; tampoco les pregunta si tienen fe (lo más probable es que la presuponga). Él simplemente les ordena, mediante el imperativo del verbo griego epideíknymi: “Id, presentaos a los sacerdotes” (Lc 17,14). Su intervención es breve; los despide sin haberlos curado ni prestado ayuda (aparentemente); lo único que hace es aplicar un determinado artículo del Código legislativo veterotestamentario (Lv 13,39; cf. Lv 14,2-4; Lc 5,14). Se trata de acudir al sacerdote de turno ya sea del templo de Jerusalén (para los judíos) y del santuario del monte Garizín (para el samaritano). Hay que subrayar, en este contexto, el respeto de Jesús por las prescripciones legales de la Toráh (cf. Lc 16,17).

En este punto del relato, el narrador interviene para informar al lector que “los leprosos”: “… mientras iban, quedaron limpios” (Lc 17,14b). Es relevante destacar que el evangelista no emplea aquí el verbo “curar” o “sanar” sino el verbo “limpiar” en aoristo pasivo (griego: ekazaríszēsan) indicando que la acción proviene de Jesús y que se realizó puntualmente. Para la mentalidad hebrea, de hecho, no se trata tanto de una “enfermedad”, en el sentido moderno que la palabra adquiere en el campo de la medicina, sino de una “impureza”, de una “suciedad” que necesita ser limpiada, purificada porque esa “purificación” significaba la reinserción social de los leprosos como ciudadanos normales en la esfera religiosa y comunitaria de aquel tiempo.

Según el relator: “Uno de ellos, viéndose curado, se volvió alabando a Dios en alta voz, y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le dio las gracias” (Lc 17,15-16). Evidentemente, la expresión “viéndose curado” no es una mera reacción sensorial sino la percepción de la fe, una apertura que el hecho provoca abriendo los ojos hacia Dios. “Uno de ellos” se percata de que esa curación fue una acción de Dios, que quedó “limpio” mediante la intervención divina. Reflexionó y se dio cuenta de que fue mirado con misericordia y recobró su status de miembro activo de la comunidad creyente. Por eso, interrumpe su marcha hacia el santuario y suspende su presentación ante el sacerdote para retornar al taumaturgo y presentarse ante él. El “darse vuelta”, “cambiar de orientación” implica una “conversión”, es decir, el reconocimiento de Jesús como su salvador. La marcha hacia Jesús lo hace con acción de gracias: “alabando a Dios en voz alta”. Al llegar, “se postró ante él y le dio gracias” (Lc 17,16ab). Literalmente, el narrador dice: “cayó sobre su rostro (rostro en tierra) a los pies de él (de Jesús) y le agradeció”. El acto simbólico de la “postración” manifiesta la categoría del personaje; en este caso Jesús a quien reconoce como intermediario de la actuación salvadora de Dios. El “agradecimiento” lo expresa mediante el empleo del verbo griego eucharistéō que, de ordinario, se emplea para formular una acción de gracias a Dios. Solo aquí se usa en relación con Jesús.

A continuación, en forma lacónica, el narrador añade una observación especificando la procedencia socioreligiosa del leproso limpiado y agradecido: “Era un samaritano” (Lc 17,16c). Evidentemente, se trata de un elogio para un personaje que representa a una colectividad menospreciada por los judíos, considerada de condición inferior en razón de sus prácticas religiosas y su “contaminación” étnica y cultural. La actitud del samaritano agradecido, considerado un “extranjero” (griego: allogenēs), proyecta una luz negativa sobre los otros nueve leprosos sanados. Estos quedan al descubierto. “¿Dónde están los otros nueve?” —Interroga Jesús—. Deja en evidencia el contraste entre el “uno” y los “nueve”; entre el “agradecido” y los “desagradecidos”. Todos fueron sanados pero solo uno expresó su acción de gracias. Por eso, Jesús le pide que se “levante” y se “marche” porque “su fe le ha traído la salvación”. La fe que lleva a la salvación presupone una actuación salvífica de Dios que se manifiesta en la actividad de Jesús, pero también supone, como componente esencial, una acción de gracias, como alabanza de la bondad de Dios, y un retorno del ser humano para encontrarse con Jesús.

En conclusión: El interés central de este relato no subraya lo portentoso del milagro de la curación de “diez leprosos”; el énfasis recae, más bien, en la declaración de Jesús en la que se establece un contraste entre agradecimiento e ingratitud, entre judío y samaritano, entre actuación portentosa y visión de fe. El samaritano interpreta su “purificación” con el acto de fe, como una acción de Dios en él gracias a la mediación de Jesús. Los otros nueve marginales (leprosos) que también fueron “limpiados”, sin embargo, no han tenido esa apertura a la trascendencia.

Es esta apertura a Dios la que nos capacita para convertirnos y retornar a Jesús. Mientras el samaritano se acerca, los otros nueve se alejan para cumplir una prescripción legal. Estos solo son curados pero no alcanzan la salvación. Por eso, lo importante no es alcanzar la “pureza” ritual o la curación sino acceder a la “redención”. Sin duda alguna, el evangelista hace aquí una crítica despiadada a la mera creencia en las curaciones: pues el hecho de quedar sanados o rehabilitados, física o psicológicamente, no se identifican, necesariamente, con una verdadera experiencia de salvación.

Un samaritano, miembro de un grupo al que los judíos negaban las credenciales religiosas según el culto ortodoxo para alcanzar la salvación, recibe precisamente esa salvación por medio de la fe cristiana.

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