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Opinión

Formas contemporáneas de colonización

POR Esther Prieto
Jurista, especialista en derechos humanos por la Universidad de Estrasburgo, Francia.

Descolonizar es una palabra ambivalente en este tiempo. Los pueblos indígenas han sobrellevado con altura los impactos de la colonización que afectó sus vidas desde hace más de 500 años. Con sabiduría y tremendo esfuerzo han logrado hoy que sus derechos como pueblos fueran reconocidos en normas nacionales e internacionales. También hoy nos encontramos con otras nuevas expresiones de colonización en el avance hacia el despojo de las riquezas de las tierras indígenas, quienes han mantenido apenas sus pocos bosques, resistiendo permanentemente el acecho de los que hoy son propietarios legales. Esta es  una de las formas contemporáneas de la colonización, la que ha de ser “descolonizada”.

En estos días hemos estado presenciando una serie de hechos violentos, o mejor, extremamente violentos, relacionados con las comunidades y personas indígenas del país. Apenas hace una semana, el 12 de octubre, se estaba celebrando el dia de la  dignidad  indígena y la descolonización con sendos discursos de todos los sectores, y se había firmado un acuerdo con altas autoridades del Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo, en torno a la necesidad de evitar los desalojos de comunidades y de reafirmación de la voluntad política para adelantar las gestiones sobre la recuperación y legalización de las tierras reclamadas por los indígenas.

Pero he aquí, que al término de la semana de los acuerdos se produce el intento de desalojo “forzoso” de la comunidad indígena 15 de Enero, núcleo integrado mayormente por familias del pueblo Mbya Guraní y Ava Guaraní. Este intento de desalojo, sin orden judicial, fue el escenario de una serie de actos violentos como quemas de las viviendas, con todos los pocos enseres que poseen, camas, ropas y otras pequeñas cosas; incluso el fuego se dirigió también contra la escuelita y el opy, lugar de oración. Imaginemos por un solo instante el sufrimiento de estas familias que no tienen otro lugar donde refugiarse, y sin ninguna propuesta de una tierra alternativa, de un lugar donde vivir. Esa es la cuestión.

De este modo, las autoridades que se habían constituido en el lugar para una verificación sobre la presencia de las familias y sus viviendas, que se supone debe ser pacífica, convirtieron el acto en una incursión de extrema violencia, superada gracias a la intervención de instituciones públicas y privadas que acudieron a auxiliar a las familias indígenas. Además, las víctimas fueron llevadas a la Fiscalía a declarar como invasores de su propia tierra, de su hábitat tradicional. De acuerdo a las denuncias, se registraron varios heridos, incluyendo niños y niñas, que tuvieron que ser hospitalizados, y auxiliados por la Defensa Pública de la Niñez y la Codeni. Así se violan los derechos humanos con la implacable voracidad por la tierra y sus recursos.

No pasaron 24 horas cuando nos enteramos de que el lugar sagrado de los Paĩ Tavyterã, Jasuka Venda, propiedad sagrada y patrimonio cultural, el centro del origen del mundo para los Paĩ Tavyterã, había sido escenario de una tragedia con el asesinato del místico cuidador, Alcides Morilla. Jasuka Venda no es de una comunidad, es de todos los Paĩ Tavyterã en su conjunto como pueblo, es un centro de religiosidad. Muchos son los informes que circulan sobre el hecho ocurrido, que merece ser esclarecido. El Nacional había publicado con anterioridad, en la columna de Opinión, un artículo referido especialmente a Jasuka Venda, el recinto sagrado, y las amenazas que viene sufriendo desde varios sectores interesados.

La tierra y sus recursos naturales se han constituido en este siglo en el objeto más codiciado de una nueva forma de colonización. La ironía de toda esta situación es sorprendente, ya que los pueblos indígenas, reconocidos en la Constitución de la República como grupos anteriores a la formación del Estado paraguayo y cuyos territorios se extienden incluso más allá de las fronteras estatales, son ahora los “invasores”, y se los criminaliza por ocupar sus propias tierras ancestrales, mientras las mismas han sido privatizadas por los otros, quienes poseen títulos de propiedad, derecho que les es concedido en  el marco de un sistema político-económico que favorece a los nuevos colonizadores del siglo XXI. Esperamos que todas estas tristes situaciones inviten a una reflexión que pueda despertar el sentimiento humanitario que tanto necesitamos en este tiempo.

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