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Opinión

Zaqueo: el rico excluido y restablecido

“Entró en Jericó e iba cruzando la ciudad. Había allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero, como era bajo de estatura, no podía, pues la gente se lo impedía. Se adelantó corriendo y se subió a un sicomoro para verle, pues iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzó la vista y le dijo: “Zaqueo, baja pronto; conviene que hoy me quede yo en tu casa”. Se apresuró a bajar y lo recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban: “Ha ido a hospedarse a casa de un pecador”. Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de Abrahán, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 19,1-10) — 31º domingo del tiempo ordinario]

El Evangelio que la liturgia nos propone, para nuestra reflexión dominical, se ambienta en la ciudad de Jericó. Según la tradición bíblica, fue conquistada por Josué (cf. Jos 6; Hb 11,30). Esta localidad es un auténtico “oasis en medio de la depresión del Jordán”. Su ubicación geográfica la convertía en un corredor de mucho tráfico que, cruzando por una serranía desierta, conducía a la capital Jerusalén. No tenía buena fama por la gran inseguridad para los transeúntes (cf. Lc 10,30). De la visita de Jesús a Jericó se hace eco Mc 10,46 (Mt 20,29). Según san Lucas, allí cura a un ciego (“el ciego de Jericó”: Lc 18,35). En la parábola del samaritano misericordioso se habla de un hombre que “descendía de Jerusalén a Jericó” y que “cayó en manos de bandidos” (Lc 10,30).

El personaje, en torno al cual gira el relato, es un tal Zaqueo. El nombre Zaqueo coincide con el del padre de un reconocido rabino de finales del siglo I, Yohanán ben Zakkai. La forma griega procede del hebreo Zakkai o Zaccai (cf. Neh 7,14; Esd 2,9). En hebreo, zakkay significa “limpio”, “inocente”, y se emplea con frecuencia en paralelismo con saddîq, es decir, “justo”. Si el nombre se considera programático: ¿puede pensarse que, en el fondo, a pesar de la consideración social, Zaqueo, en verdad, era un hombre “justo”, “limpio” e “inocente”?

Respecto a Zaqueo, el evangelista provee tres datos: En primer lugar que era “jefe de publicanos”; en segundo lugar, que era “rico”; en tercer lugar: que “era de baja estatura”. El hecho que Zaqueo sea “jefe de publicanos” implica que en la ciudad de Jericó había un puesto aduanero donde él no solo ejercía su oficio de “cobrador de impuestos”, sino, además, era el “jefe”, es decir, era el máximo responsable de esta institución encargada de recaudar los gravámenes impositivos. Y su riqueza, probablemente, provenía de su oficio.

La llegada de Jesús a Jericó suscitó, según el tercer evangelista, una aglomeración de personas que querían tener contacto con el rabino de Nazaret. Zaqueo se encontraba en medio de la multitud y en razón de su “baja estatura” hacía el esfuerzo de ver al maestro pero no podía. El gentío se lo impedía. Entonces, recurrió a una estratagema: se adelantó corriendo y se subió a un sicomoro para verle cuando pasaba por la calle de la ciudad.

Después de ilustrar los esfuerzos de Zaqueo, que a toda costa quería tener un contacto visual con tan ilustre personaje, el evangelista se centra en los gestos y actitudes de Jesús. Da la impresión que el maestro se percata del arrojo y de la estrategia del inquieto publicano. Hay un intercambio de miradas: Zaqueo quiere ver a Jesús y, cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzó la vista y le dirigió la palabra. El acaudalado cobrador de impuestos no solo conquista la atención de Jesús, sino la expresión del deseo del Nazareno, de hospedarse en su casa, se formula como una “necesidad”: “Zaqueo, baja pronto; —le dice Jesús— “es necesario” (griego: deī) que hoy me quede yo en tu casa”. Jesús le invita a no perder tiempo, sino a “bajar pronto” del sicomoro, un improvisado “pedestal” natural que le servía como una especie de “observatorio”. El verbo impersonal deī indica que la visita de Jesús es “ineludible” e “imperiosa”. El dueño de casa no puede darse el lujo de perder esta gran oportunidad.

De hecho, la reacción de Zaqueo no se hizo esperar. Ante las palabras del rabino, san Lucas enuncia dos acciones del anfitrión: “prontitud” y “acogida”. Habiendo recibido la “buena noticia” de la visita que Jesús deseaba hacer a su propia casa, Zaqueo actúa de prisa, no hay tiempo que perder; y su reacción espontánea es calificada con el verbo “alegrarse” (jaírō). En efecto, experimenta “gozo” y “satisfacción” porque Jesús manifiesta su intención de permanecer en su casa.

Como signo de contrapunto, el narrador traslada ahora su observación hacia la actitud de los oponentes de Jesús. Aquí no se especifica grupos concretos: ni fariseos, ni escribas, ni sumos sacerdotes; tampoco ancianos. Simplemente el evangelista emplea el adjetivo plural griego pántes (“todos”). Es posible pensar que el “todos” corresponda al mecanismo de la “exageración”, frecuente en Lucas. Entonces, no necesariamente hay que deducir, de esta expresión, que el gentío que se agolpaba para contactar con Jesús, o para verle, reprobaba, sin excepción, la conducta del maestro. Con todo, hay que señalar que el verbo empleado para indicar “murmuración” describe, en ocasiones, la actitud crítica de fariseos y de expertos en la ley (cf. Lc 5,30; 15,2).

En la “murmuración” (griego: diagoggyzō), típico pecado del desierto, surge la áspera crítica que adquiere doble dirección: Contra Jesús y contra el anfitrión Zaqueo. En primer lugar, a Jesús se le critica su contacto con personas consideradas marginales, excluidas de la convivencia social y religiosa. Hospedarse en casa de un publicano implicaba entrar en “comunión” con él. La concepción “puritana” de no contactar con una persona considerada pecadora pública adquiere su fundamento en la visión meramente externa de la vida “justa”, como se establece en el “Código de Santidad” del Libro del Levítico (cf. Lv 17—26). Este sistema veterotestamentario que prioriza lo cultual, los vestidos y la apariencia ha generado una mentalidad puritana de implacable rigidez. Sin embargo, Jesús y todo el Nuevo Testamento sitúan la santidad en el ámbito de la interioridad, en las opciones éticas, en la correspondencia fáctica entre los principios y la conducta de la persona: No es lo que entra por la boca lo que torna impuro al hombre, sino lo que sale de las profundidades del corazón humano (cf. Mt 15,11).

En segundo lugar, a Zaqueo se le critica su oficio: “cobrador de impuestos”; en este caso “jefe de los cobradores de impuestos” (griego: arjitelōnēs), expresión única de Lucas en todo el Nuevo Testamento. El cobro de impuestos, de hecho, estaba asociado con la práctica de la usura, transacción condenada por la tradición bíblica no solo por ser injusta y opresiva en las interrelaciones económicas porque permitía al cobrador obtener grandes ganancias ilegítimas, sino también porque gran parte de la exacción iba a parar a las arcas de gobernantes extranjeros y paganos, con el fin de sostener el ejército de ocupación, o para ganancia de príncipes corruptos como Herodes Antipas. Por eso, emplear el sustantivo “publicano” era lo mismo que decir “pecador”.

Después del “paréntesis” narrativo en el que Lucas daba cuenta sobre la crítica de “todo” el gentío, el relator señala que Zaqueo, “puesto en pie”, respondió: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más”.

Cuando Zaqueo habla de la “mitad de sus bienes” debe entenderse como una donación voluntaria y en la hipótesis de que haya perjudicado a terceros abusando de su oficio no quiere decir que, efectivamente, lo haya hecho. Lo que quiere decir es que si la hubiese hecho lo repararía de inmediato. El resarcimiento del daño se plantea conforme con la legislación de la Toráh (Pentateuco) que establece, por ejemplo, “cuatro ovejas por oveja (robada)” (Ex 21,37). No obstante, el libro de los Números establece un “recargo del veinte por ciento” (Nm 5,6-7). A pesar de que Zaqueo no emplee la típica expresión de conversión (como el griego metánoia) o no interpusiese un explícito pedido de “misericordia” para restablecerse de su estatuto de “pecador público”, reacciona con prontitud, con alegría y con coherencia ética buscando restablecer la justicia conculcada en el ejercicio de su profesión.

Jesús responde positivamente a los gestos y decisiones de Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de Abrahán”. La posición enfática del adverbio griego sēmeron (“hoy”) subraya la inmediata actuación (“hoy”) del don de la salvación para el rico que, ante la presencia de Jesús, ha decidido hacer honor al significado de su nombre: “justo”. Se puede deducir, por el empleo del sustantivo “casa” que la salvación ha llegado no solo para Zaqueo, sino para toda su familia. No se puede soslayar el contraste entre la salvación que llega a la casa del rico recaudador  y las murmuraciones de los críticos.

De este modo, Jesús “restablece” a un “rico excluido”: Marginado por una sociedad puritana y restablecido por Jesús, portador de un nuevo Código de santidad, una nueva imagen de justicia encarnada por el “Hijo del hombre”, pues “el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Al ser un israelita, Zaqueo también es “hijo de Abrahán” y, por tanto, tiene derecho a la bendición del padre de la fe. Su actitud sincera y alegre, su apertura y el reconocimiento de los abusos cometidos con el consiguiente restablecimiento de la justicia también lo restablece a él y así, queda “justificado”, plenamente incluido en el plan salvífico de Jesús.

Al concluir, podemos plantearnos el siguiente cuestionamiento fundamental ¿Qué es lo que hace verdaderamente rico o pobre a un hombre? ¿Cuál es el status del hombre ante Dios? ¿Qué elemento determina ese status? Dos puntos parecen emerger del presente texto: En primer lugar, la acción salvífica de Jesús tiende a dirigirse hacia aquellos que, de ordinario, son considerados excluidos o pecadores; en segundo lugar, El aspecto determinante para la inclusión en la familia de Dios no está dada por la riqueza o pobreza material de las personas, sino por la conducta que hace que uno sea hijo de Abraham (v. 9b).

Ser hijo de Abraham no hace referencia a la sangre ni a la descendencia carnal. De hecho, la descendencia ya no supone un particular privilegio en la nueva “economía” de la salvación como sí lo era en la perspectiva del Antiguo Testamento. Por tanto, en Lucas, Jesús redefine el status del hijo de Abraham relacionándolo con la “humildad” y la “práctica de la fe” o, dicho de otro modo, “la fe convertida en acción”. La “salvación”, en consecuencia, se refiere a la restauración de la comunidad del pueblo de Dios, una realidad que se verifica en la persona de Zaqueo por la presencia de Jesús en su casa.

1 Comment

1 Comentario

  1. L’oli Tomero

    30 de octubre de 2022 at 10:24

    Que importante la presencia de Zaqueo !! Que lección nos da en la persona de Zaqueo !!!!

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