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Opinión

Jesucristo, rey burlado y crucificado

2335“La gente estaba mirando. Los magistrados, por su parte, hacían muecas y decían: “Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido”. 36 También los soldados se burlaban de él; se acercaban, le ofrecían vinagre y le decían: 37“Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!” 38 Había encima de él una inscripción: “Este es el rey de los judíos”. 39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!” 40 Pero el otro le increpó: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio este nada malo ha hecho”. 42 Y le pedía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. 43 Jesús le contestó: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 23,35-43) — Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo]
Este domingo es el inicio de la última semana del tiempo ordinario; luego sigue el tiempo de adviento. Y como cierre del presente año, el calendario litúrgico propone para nuestra reflexión el texto de san Lucas (Lc 23,35-43) como corolario de este camino anual de la Iglesia que peregrina hacia el Reino de Dios.

Según el relato del evangelista, Jesús afronta su destino final. Se trata de la clausura de su programa mesiánico, del rabino humilde y misericordioso, expuesto como un “espectáculo” público en el lugar denominado la “Calavera” (Lc 23,33), donde fue crucificado en medio de dos malhechores, insultado por las autoridades religiosas y por los soldados romanos e identificado, oficialmente, como “el rey de los judíos” (Lc 23,38). El escenario muestra la culminación de los sufrimientos de Jesús, su “éxodo” de la experiencia terrenal y su paso junto al Padre (cf. Lc 9,31). El “negro manto” del poder de las tinieblas se muestra con toda su voracidad.

Jesucristo no solo fue crucificado como un “malhechor” (griego: kakoūrgos) sino que, igualmente, fue sometido al régimen del vilipendio y del ultraje en su máxima expresión: Le despojaron de sus vestidos con el fin de exponerlo y de humillarlo exhibiendo su desnudez como si fuera un animal. Su dignidad humana fue mancillada por los jefes religiosos y por la soldadesca del Imperio romano. Con sorna, los magistrados judíos lo ridiculizaban insinuando que el rey crucificado era un Mesías impotente. Acaso, los intérpretes de la religión hebrea ¿no rezaron los salmos del “justo sufriente”?: “Todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza: “Se confió en Yahvéh, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!” (Sal 22,8-9). Los jefes religiosos (griego: árjontes), involucrados en su proceso de condena, encabezan el acto de humillación y el personal subalterno —imitando a los dirigentes—, como si fuese un “coro”, acompañan en la actuación con la sorna, el menoscabo y la deshonra.

Jesús es presentado, así, como “varón de dolores y conocedor de dolencias” (Is 53,3), marcado por el sufrimiento, torturado y escarnecido. El único registro oficial de carácter público que se escribió sobre él, durante su vida en la tierra, es la inscripción en el letrero de la cruz: “Este es el rey de los judíos” (Lc 23,38) al que el evangelista san Juan añade que fue escrito en tres lenguas: Hebreo, latín y griego (Jn 19,19), es decir, en la lengua de la cosmovisión religiosa; en el idioma del Imperio gobernante (ámbito político) y en la lengua de la cultura helénica (predominante) de la época.

El evangelista Lucas es el único que ofrece una escena en la que uno de los dos malhechores crucificados con Jesús se une, explícitamente, a las burlas e insultos de los espectadores. Pero enseguida es corregido por el otro malhechor que reconoce la inocencia de Jesús y le pide que se acuerde de él cuando tome posesión de su reino. Jesús le responde con la promesa de que ese mismo día estará con él en el Paraíso (Lc 23,39-43).

El énfasis de la escena recae sobre las palabras que Jesús dirige al segundo malhechor al que le promete una especial recompensa que se suele hacer a los mártires. En efecto, al malhechor arrepentido se le promete una participación en las bendiciones que acarreará la muerte del justo. La tercera oleada de insultos contra el Mesías doliente no solo es una declaración de su inocencia (de parte de un pobre hombre moribundo) sino también ocasión para la manifestación de la misericordia salvífica con respecto a una piltrafa humana. El malhechor que insulta se burla como los líderes judíos respecto a la realeza y a la actividad salvífica de Jesús. Y como contrapunto recibe el reproche de su compañero crucificado que le recuerda que está a punto de morir sufriendo la misma pena. El segundo malhechor interpreta su propia crucifixión y la de su compañero como un acto de justicia, como una condena merecida (Lc 23,41), lo cual implica una nueva expresión de la inocencia de Jesús. No es la sentencia pronunciada por el gobernador romano sino el veredicto de un bandido arrepentido, de un “pobre diablo” de Palestina, condenado al mismo suplicio que Jesús.

Así, la sentencia de un “don nadie” conlleva el reconocimiento público de que a Jesús se le ha denegado justicia en los tribunales humanos (el Sanedrín o juicio judío y Poncio Pilato o juicio romano). El Mesías es declarado “justo” por un malhechor sentenciado a muerte en el momento culminante de su experiencia terrenal y Jesús, martirizado, en la cúspide de la infamia lo absuelve con la siguiente sentencia, llena de misericordia: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Según san Ambrosio: “El favor que se concede supera infinitamente la petición”. Este perdón y la vida eterna son proclamados nada menos que por “el que Dios ha constituido juez de vivos y muertos” (Hch 10,42).

En pocas palabras: La verdadera justicia tiene su sede no en los tribunales humanos donde se prevarica, se venden sentencias y se acuerdan fallos judiciales sino en el estrado supremo de la cruz porque el delirio de la omnipotencia humana obnubila y sigue crucificando a Jesús, en los débiles y desamparados, por los siglos de los siglos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 25,35-46). Jesús no solo aprendió a obedecer mediante la experiencia de la cruz (cf. Hb 5,8), sino que ejerció también el ministerio del perdón y de la misericordia respecto a los que se mofaban de él y lo agraviaban (Lc 23,34). Por eso es rey, no solo “rey de los judíos” sino “rey del universo”, Mesías y supremo juez de un reino axiológicamente distinto a los gobiernos y liderazgos humanos. En consecuencia, el cristiano, que pretende ser fiel a Cristo, y asume el coraje de seguirlo, está llamado —por vocación— a encarnar en su vida diaria, en la familia, en las instituciones públicas y privadas y en los diversos recintos de la sociedad humana y de la comunidad eclesial, la teología de la cruz portadora de los beneficios de la salvación.

 

1 Comment

1 Comentario

  1. Emiliano

    20 de noviembre de 2022 at 21:04

    Excelente reflexión Padre. Nery Villagra. Un erudito en las Sagradas Escruras

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