Conectáte con nosotros

Cultura

La imposible ausente: biografía de Josefina Plá (IV)

Aquí la cuarta entrega de la biografía de Josefina Plá, poeta, narradora, dramaturga, ensayista, periodista y crítica de arte, quien hizo de la prensa una plataforma eficaz para la difusión del arte, la literatura y el teatro de su tiempo.

Josefina Plá, por Wolf Bandurek, 1937 (detalle)

Josefina Plá, por Wolf Bandurek, 1937 (detalle)

Claroscuro

Un navío, el Mendoza, surca el mar que refleja agitadas luces y sombras. En la cubierta, una mujer erguida aspira el aire intenso que la circunda. Su porte aplomado es un contraste ante el bamboleo continuo del barco. Ella piensa en los 35 años de edad que lleva a cuestas, esa plenitud que forjada por las letras induce a paladear el primer verso famoso de Dante: “Nel mezzo del cammin di nostra vita”, endecasílabo estricto que, a la vez, conduce a los salmos de David, donde un versículo afirma que “la edad del hombre es de 70 años”. Su agudeza femenina asume esa mitad recorrida y se dispone afrontar la otra mitad que empieza. Con tal convicción, se coloca con esmero, como si fuese rito sagrado, una pañoleta blanca ornamentada con motas negras, a la que sostiene en la nuca haciendo descender ambos extremos sobre los erguidos senos, hasta sujetarlos más abajo por un ancho cinturón. Esas dos vertientes caídas contrastan con el negro del vestido, y su sentido innato hacia las formas y colores le dice que todo está en orden. De ahí en más, se reclina en la baranda, de espaldas al mar. Aunque sus gestos son suaves, la solemnidad de su rostro tiene expresión de hierro, sólida como el navío.

¿Por qué el perfil hierático? La mirada de Josefina es la de quien regresa en sí de todo y parte, ya sin incertidumbres. Su rumbo no es desconocido. Va al mismo rincón de la Tierra donde hace un poco más de una década fue al encuentro del hombre con quien antes había contraído nupcias por poderes; pero esta vez ya no habrá abrazos ni besos ni palabras, sino silencio y recuerdos de lo que aquel hombre fue en vida. Y allá habrá de juntar pedazos rotos y reconstruir a solas lo que queda. Por momentos, un rapto de rabia e impotencia la sacude, al pensar que Julián de la Herrería, el artista, su hombre, no hubiese muerto de haber ella conseguido los medicamentos necesarios. Aquello sucedió dos años atrás, en Valencia, durante los fragores del alzamiento militar franquista contra el gobierno de la República, que dejó secuelas de penurias. Y aún la sobrecoge recordar que entonces salió desesperada a recorrer, farmacia por farmacia, para regresar con las manos vacías hasta el lecho donde el hombre se debatía entre la vida y la muerte, con una endocarditis infecciosa que terminó venciéndolo. Aquel recuerdo es un nudo en la garganta que puja por aflorar en lágrimas. Pero ya no. Josefina de inmediato se repone y prosigue en su firmeza, con la convicción de que una vez instalada en el punto de llegada, desde allí intentará recuperar la obra del marido, que quedó depositada en un museo de España, sin previsión de rescate y repatriación. Por eso el atuendo negro, de luto austero, bordeado por el paño blanco. Tal contraste no es azar: esas motitas negras sobre la blancura son el símbolo de lo acontecido, vestigios indelebles de una experiencia que emergerá, de cuando en cuando, en sus posteriores escritos, sobre todo en versos:

Tus manos (1939):  De las más hondas raíces se me alargan tus manos, y ascienden por mis venas como cegadas lunas / a desangrar mis sienes hacia el blancor postrero / y tejer en mis ojos su ramazón desnuda. / En mi carne de estío, como en hamaca lenta, / ellas la adolescente de tu placer columpian. / -Tus manos, que no son. Mis años, que ya han sido. Y un sueño de rodillas tras la palabra muda-. / Dedos sabios de ritmo, unánimes de gracia, cantaban silenciosos la gloria de la curva: cadera de mujer o contorno de vaso. / Diez espinas de beso que arañan mi garganta, untadas de agonía las diez pálidas uñas, / yo los llevo en el pecho como ramos de llanto [1].

Reflexiones sobre los años que se han sido y pasos que aceptan el desafío de una nueva realidad. Una vida atravesada por el exilio y un arte impregnado de resistencia y dolor. Josefina es su propio pañuelo, el consuelo de la sabia aceptación de todo. Ese retrato capta el momento crucial de su retorno al país del amado ausente y es el presagio luminoso de una dedicación total al suelo escogido. Preciso instante en que dice adiós a un ciclo y está a punto de abrirse a otro que marcaría un hito: el de una de las producciones artísticas y literarias más significativas del Paraguay. Atrás queda ese mar que solo habrá de retornar con las olas del sueño, desde aquel día de 1938 en que desciende del Mendoza, ya anclado en riberas argentinas. Había adquirido pasaje de vuelta a Paraguay en Villajoyosa, donde vive su familia, gracias al apoyo de su concuñado Roberto Huber. Vende una colección filatélica para pagar el pasaje aéreo de Barcelona a Marsella, desde donde salía el navío a Paraguay. No logra ingresar fácilmente, la detienen en Clorinda por sospechar que tiene relaciones con el gobierno español. Es solamente por sus credenciales periodísticas y su trabajo como corresponsal durante la Guerra del Chaco que puede finalmente entrar al país. En los dos primeros años trabaja en la redacción de la revista Guarán y dirige la revista radial Proal, con Roque Centurión Miranda. Por esa época sus cuentos infantiles son leídos en la radio La Capital.

La poesía: nido de modernidad

Ya no se podía postergar una renovación estética consciente en el país, el cambio necesitaba su manifiesto. Los afanes de modernidad de Josefina tenían directa relación con lo que acontecía en Europa, pero faltaba darle forma y movimiento. Eso se da recién en los años cuarenta. La historiografía literaria paraguaya divide su poesía en décadas generacionales; así se conocen como pertenecientes al Grupo del 40 los poetas Hugo Rodríguez Alcalá, Augusto Roa Bastos, Oscar Ferreiro, José Antonio Bilbao y Elvio Romero, entre otros. Posteriormente, se suman Josefina Plá y también su sobrino Herib Campos Cervera, que más tarde escribiría uno de los poemas emblemáticos sobre el exilio en el país, reforzando el espíritu de renovación. También se sumaría Julio Correa, de una generación anterior, conformando el grupo Vy’a Raity (“nido de alegría” en guaraní), que reivindicaba la renovación de la poesía en el país. Josefina Plá, en su famoso ensayo sobre la literatura paraguaya del siglo XX, afirma que “son, pues, cuatro generaciones de poetas las que se dan cita en esa fecha, que es la de la actualización de la poesía paraguaya; y son los poetas mayores los que moverán, alrededor de 1943, el cenáculo Vy’a Raity en donde por vez primera ensaya cristalizar una consciencia generacional frente a los hechos universales, que ingresan por fin en la corriente del pensamiento local y hallan sintonía en la crisis espiritual de estos poetas”. Ellos leían a Rilke, Paul Valéry y Federico García Lorca, alcanzando “el nivel, inexperto aún, pero fervoroso, de la contemporaneidad”.

Josefina Plá. Comisión Directiva del Ateneo Paraguayo, fines de los años 30. Entre los presentes, Jaime Bestard y Hérib Campos Cervera. Gentileza CCEJS.

La modernidad paraguaya no pasa por la experiencia extremada de ruptura. Su deseo de renovación está siempre vinculado con el compromiso hacia las urgencias humanas, tratando incluso de restaurar el caos: “la poesía nueva, intento de creación de un mundo espiritual en ruinas, dista mucho de haber llegado a la maturación como hecho. Apenas penetran lentamente en la comprensión colectiva los poemas situados en la zona templada de esta nueva esfera poética: Neruda, Alberti, Lorca. El arte siempre es hecho profético. El profeta ha de efectuar su conversión hacia la nueva poesía, y ha de realizarse a base de nuevas experiencias vitales” [2].

La poesía es el único género que nunca va a dejar de acompañar a Josefina; aun en los periodos en que la plástica, la crítica o la narrativa predominaron ella, nunca dejó de escribir versos, ¿o serían los versos los que la escribían? Los críticos españoles que se dedicaron a su obra, aunque hayan sabido valorar sus demás expresiones, dieron mayor destaque a la poesía, tal vez porque desde ese género ella se acercó más a su Generación del 1927. Tal vez porque, en poesía, Josefina seguía siendo española, en el sentido de mantener un perfil gitano. André Benatti y Ramón Bordoli Dolci destacan la relación literaria entre Federico García Lorca y Josefina Plá, argumentando que la poética de la escritora hispanoparaguaya es muy similar a la del autor español, ya que ambos buscan características auténticamente populares para crear una obra relacionada con las raíces identitarias de sus contextos de producción, pero sin dejar de propender a la universalidad. Desde otra perspectiva, los críticos la pondrán en el mismo nivel de importancia y fuerza expresiva que Alfonsina Storni y Gabriela Mistral, pero con la particularidad de llegar siempre un poco tarde o estar desconectada para figurar en las historias literarias que van más allá de las fronteras nacionales. Los programas de estudio de las licenciaturas en lengua y literatura castellana difícilmente presentan alguna obra de la autora, salvo en casos de feliz coincidencia en que el docente haya tenido alguna relación con Paraguay. Es que el país queda al margen y olvidado de las letras hispánicas. No en vano el escritor Luis Alberto Sánchez habló alguna vez de “la incógnita del Paraguay” respecto a la escasa difusión en la región y los déficits de la literatura paraguaya. Recurrentes afirmaciones dieron pie a otros ensayos, como Literatura ausente de Augusto Roa Bastos, La literatura sin pasado de la propia Josefina Plá, o el libro de Walter Wey, que retoma lo de Sánchez, precisamente con el título Literatura paraguaya: historia de una incógnita.

Josefina Plá y Gabriel Casaccia. Gentileza CCEJS.

Josefina Plá y Gabriel Casaccia. Gentileza CCEJS.

En estas circunstancias no es raro encontrar antologías de literatura hispanoamericana en las que no figura el Paraguay. Pero, volviendo a la poesía de Plá, aunque no llega a cobrar la importancia que podría tener a nivel mundial, ultrapasa todas las características generacionales. Eso se debe no solo a la calidad, sino a la longevidad de su producción. El libro Poesías completas, de su autoría, se difundió solo en 1996. En ese formato se reúnen quince títulos publicados desde los años treinta hasta la década de ochenta. El volumen también presenta un poemario hasta entonces inédito: De la imposible ausente. ¿Sabría Josefina que ella misma sería una imposible ausencia en los libros de historia cultural y literaria del país?

El teatro y la docencia

De Lorca Josefina rescata no solo la poesía. Su pasión por el teatro la lleva a trabajar arduamente para la creación y promoción de una dramaturgia nacional. La Escuela de Artes Escénicas fue inaugurada por ella y Roque Centurión Miranda solamente 1948; pero, según cuenta, desde 1928 ya tenían actividades que involucraban el teatro. En el ámbito de esa escuela se intensifica su labor como profesora, otra tarea que la acompañó hasta el final de su vida. Muy poco se sabe sobre la docencia de Plá. Aparte de su crítica, posiblemente fruto de su intención y vocación didáctica, que generó publicaciones como Cuatro siglos de teatro en Paraguay (1990/1), no se conocen apuntes de clases realizados por ella misma o por sus estudiantes.

Josefina Plá y José Laterza Parodi. Gentileza CCEJS.

Josefina Plá y José Laterza Parodi. Gentileza CCEJS.

Fue también profesora de cerámica del Centro Cultural Paraguayo Americano (CCPA), donde le tocó ser profesora de José Laterza Parodi, con quien trabajaría en diversas obras; pero es en la Escuela de Arte Escénico donde dicta, durante varios años, cátedras como Historia del teatro, Análisis teatral, Accesorios escénicos, Análisis de personajes, Teoría del teatro, Análisis de obras, Teoría del drama y Fonética. La profesora fue también eximia traductora de obras teatrales para utilizar con sus alumnos. Estos, gracias a ello, tuvieron contacto con grandes creaciones de la dramaturgia universal. Sin embargo, de esa actividad tampoco se sabe mucho. En torno al teatro tuvo a su cargo algunos talleres en el CCEJS. En 1963, la invitan para un proyecto de arte importante que le permitiría unir sus dos pasiones: realizar el mural del Teatro Municipal de Asunción con José Laterza Parodi.

Bocetando el mural para el Teatro Municipal. Gentileza CCEJS.

Además de poner en escena obras de otros autores con sus estudiantes, Josefina tuvo una intensa producción dramática, en la que dio rienda suelta a la cultura popular paraguaya, haciendo que sus personajes se expresen en guaraní y en jopara. Sus principales obras teatrales son Aquí no ha pasado nada (1945), Hermano Francisco (1976), Fiesta en el río (1977); un volumen de Teatro escogido fue publicado en 1996 por la editorial El Lector. En el ámbito teatral paraguayo aún se suele escenificar algunas obras o adaptaciones de piezas suyas. Sobre la dedicación de Josefina al teatro, señala María Ángeles Pérez López: “a ella le debemos el conocimiento detallado de la historia del teatro paraguayo, uno de los menos frecuentados del ámbito hispanoamericano, pues es autora de una obra monumental, la historia del teatro paraguayo.

Notas

[1] Plá, J. Poesías completas, El Lector, Asunción, 1996.

[2] Roa Bastos, A. Poesías reunidas, 1998, p. 258.

* Daiane Pereira Rodrigues es magister en Letras por la Universidad Federal de Paraná, Brasil, donde cursa sus estudios doctorales. Es investigadora becada por la cátedra UNESCO para la Integración Latinoamericana del Memorial de América Latina, São Paulo. El presente texto ganó el premio de jóvenes investigadores de la Fundación María de Paula de Ruiz Martínez de Madrid, y será publicado próximamente en la Biblioteca Virtual Cervantes.

Clic para comentar

Dejá tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Los más leídos