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Una multitud dijo ¡basta! a Marito y Gobierno respondió con violenta represión

El presidente de la República, Mario Abdo Benítez, eligió la represión policial como respuesta a la multitudinaria convocatoria ciudadana que pedía la renuncia en pleno del gobierno, ayer frente al Congreso Nacional, que se saldó con un muerto y 18 heridos hospitalizados, entre manifestantes y policías.

Esta madrugada, las cuatro bancadas liberales de la Cámara de Diputados anunciaron que promoverán el juicio político del jefe de Estado por mal desempeño en sus funciones. Confirmaron contar con 29 votos, pero los legisladores se mostraron seguros de convencer a colorados y otros opositores.

La protesta, madurada en tiempo récord en las redes sociales, se materializó con una marea humana que inundó con banderas paraguayas, pancartas y cánticos las plazas del Cabildo, la Catedral Metropolitana, y calles aledañas, como no se veía, por lo menos, desde 2006, también en marzo, cuando una multitud le puso punto final a las ambiciones absolutistas de Nicanor Duarte Frutos.

La multitud comenzó a llegar pasadas las 18:00. Llegaba en familia, parejas, grupos. Una hora más tarde, era ya casi imposible abrirse paso entre la gente, que cantaba, saltaba, bailaba, gritaba sus consignas. “¡Marito, basura; vos sos la dictadura!”, arremetía un grupo de jóvenes bajando Chile. “¡Queremos tu cabeza, Marito; fuera corrupto, bandido!”, gritaba una mujer.

El ambiente estaba tranquilo, desbordante de energía. Se veían muchos jóvenes, muchas mujeres, niños, niñas, abuelos; familias enteras, trabajadores recién salidos de su jornada laboral. No había miedo, ni atisbo de violencia. Tampoco escenario, ni sonido, sólo el cántico masivo pidiendo la renuncia que los había convocado allí.

La movilización se realizó en medio de un fuerte dispositivo de seguridad, con cientos de antimotines, carros hidrantes y caballería; un despliegue de unos 1.000 efectivos, según información de la propia Comandancia. El operativo blindó el edificio del Parlamento, y también la sede del Partido Colorado; un retén de vallas y escudos protegía el Palacio de Gobierno, por si la multitud decidía avanzar sobre Paraguayo Independiente.

Pero la multitud no avanzó. Cuando comenzó la refriega, que la policía atribuye a un numeroso grupo de barras bravas que forzaron las vallas frente al Congreso, y que sectores del periodismo tildan de infiltrados “abdo-cartistas” empeñados en restarle crédito a la convocatoria, la multitud huyó de la carga policial. Sólo quedaron los violentos, de uno y otro lado.

El ministro del Interior Arnaldo Giuzzio, ubicado ahora en el centro de las críticas por la arremetida policial con gases y balines de goma, minimizó el uso de la fuerza, y responsabilizó a un “un grupo de jóvenes que no estaban con intención de manifestar su opinión, y vinieron exclusivamente para generar incidentes”.

“Esperábamos que todo se desarrolle en forma pacífica, pero evidentemente era gente que estuvo con solamente la intención de destruir y no construir un ambiente cívico”, argumentó el secretario de Estado. “Toda esta violencia fue impulsada por 20 a 30 jóvenes, que en principio aparecían saltando, pero luego empezaron a empujar, e iniciaron la trifulca con el atropello de las vallas”, agregó.

“Estamos esperando que terminen los enfrentamientos, porque toda esta violencia no tiene sentido”, dijo el Ministro.

Campo de batalla

Sin embargo, promediando la medianoche, continuaban los disparos en el microcentro de Asunción, convertido en un campo de batalla. Policías y manifestantes se enfrentaban en plazas y esquinas. Un carro hidrante luchaba contra un incendio en la vereda del edificio del Ministerio de Hacienda. La policía se veía claramente desbordada, y por momentos era obligada a replegarse bajo una intensa lluvia de piedras. El blindex de la oficina de Relaciones Públicas de la Policía, detrás de la Comandancia, fue destruido también a piedrazos. Varios comercios fueron saqueados, entre ellos el Lido Bar. Se reportaban contenedores en llamas, barricadas que ardían. A esa hora, eran ya varios los policías y manifestantes heridos, pero todavía no se hablaba de ninguna víctima fatal.

Trágico balance de una jornada que Abdo Benítez pudo haber evitado, pero no lo hizo. Encerrado en su burbuja, el gobierno no prestó atención a las señales y quedó prisionero de su propia inercia. Lo señaló incluso el arzobispo de Asunción Edmundo Valenzuela, en momentos en que la Catedral todavía era escenario de la batalla campal. “Le dije al Presidente que dé la orden de parar a la policía, pareciera que no entiende lo que se le dice”, graficó el religioso. La crisis sanitaria, agravada por la falta de insumos y medicamentos indispensables para pacientes con Covid-19, encendía finalmente la mecha de una situación que fue volviéndose cada vez más explosiva.

Al mediodía, Abdo Benítez había hecho un último intento por descomprimir la crispación social y desactivar la protesta, y le pidió la renuncia a su ministro de Salud Pública Julio Mazzoleni, a quien el Senado ya le había bajado el pulgar el día anterior. Pero su salida del Ministerio no alcanzó para aplacar el descontento, y por la tarde una multitud, que sería dispersada a balazos, fue a exigir la renuncia del Presidente.

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